Diez cosas que deberían saber los padres de niños “normales”

Escrito por Jami Ingledue
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

Por favor, no nos digas que deberíamos “intentar tal cosa” o que nuestro hijo “debería estar haciendo tal otra”.

Si te encontraras con mi hija por la calle, pensarías que es perfectamente normal. Encantadora e ingeniosa, incluso. Lo que no sabes es que ha pasado su joven vida luchando con discapacidades y enfermedades que no puedes ver.

Muchos niños que sufren depresión, trastorno de ansiedad generalizada (que no es lo mismo que la angustia del adolescente), TDAH, déficit de las funciones ejecutivas, TND, dislexia o problemas sensoriales o están en el espectro autista pueden “pasar por normales” y sus síntomas, atribuirse a mala conducta o (lo más popular) a mala crianza por parte de sus padres.

Pero no es tan simple. He aquí algunas cosas que los padres de niños “neuro-divergentes” quieren que sepas.

1. El problema NO es que nosotros, o nuestros hijos, no nos esforcemos lo suficiente

La verdad es que luchan contra dificultades abrumadoras y eso resulta agotador. Así, muchos de ellos están exhaustos tras mantener la compostura en la escuela todos los días. A muchos se les da bien compensar y trabajan muy duro para ser “normales”. Pero cuando vuelven a casa, todo se va al infierno. Y ellos se vienen abajo estrepitosamente.

2. Lo hemos intentado todo

Por favor, no nos digas que deberíamos “intentar tal cosa” o que nuestro hijo “debería estar haciendo tal otra”. ¿Crees que no hemos probado ya todas las soluciones del mundo? ¿Crees que no nos preocupamos cada minuto de cada día porque nuestro hijo no esté donde debe estar y no nos preguntamos cómo demonios se las arreglará en este mundo? Lo hemos hecho. Hemos pensado en todas las soluciones imaginables. Nunca, nunca se nos quita la preocupación y, en muchos casos, puede que estemos así toda su vida.

Además, a menudo los profesores, médicos, administradores escolares, suegras… no nos creen ni confían en nosotros. Tenemos que pelear por cada adaptación, por cada volante médico, por cada cobertura de seguro, por todo.

3. Le hemos dado mil vueltas a la decisión de medicar

Ningún padre toma a la ligera la decisión de medicar a sus hijos, especialmente con psicofármacos estimulantes. Para nosotros, no se trata de optar por “la solución fácil”. Como si fuera fácil ir a la farmacia todos los meses, gastarnos el dinero y conseguir que nuestro hijo se trague una pastilla cada día. Hemos hablado con doctores y profesores, hemos hecho pruebas, hemos rellenado un millón de formularios, hemos pasado noches en blanco preguntándonos si hemos tomado la decisión correcta.

4. Las consecuencias naturales no funcionan como con los niños “normales”

Una niña del espectro autista NO siempre comerá, aunque tenga hambre. Un niño con ansiedad NO siempre aprenderá de su error cuando olvida sus deberes. En cambio, es probable que ceda ante sus ansiedades e inseguridades y se dé por vencida, reprendiéndose a sí misma por su fracaso.

Puede parecer que mimamos a nuestros hijos. Podemos parecer “padres helicóptero”. Pero no es tan sencillo. No siempre podemos dejar que nuestros hijos actúen por su cuenta y aprendan a resolver sus propios problemas, porque ellos no reaccionan ni aprenden como los niños “normales”.

5. Un enfoque autoritario, “de arriba hacia abajo”, no funciona con estos niños

Los intentos de educar de esa manera probablemente lleven a aumentar su ansiedad, a que se cierren en banda o un espectacular berrinche. Los límites y las restricciones son muy importantes, pero si esperamos que su comportamiento cambie sólo porque los mandamos un tiempo fuera o los castigamos, es que no comprendemos en absoluto el problema.

6. Hay horas, horas y más horas de entrenamiento entre bastidores que no ves

Todo ese trabajo cuesta tratar de entrenar su cerebro para que pueda manejar su trastorno y avanzar en el mundo. En nuestro caso, fueron horas de terapia cognitiva-conductual para aprender a lidiar con la ansiedad y a no cerrarse en banda. Horas de hacerle comprender sus ataques de ansiedad y sus episodios depresivos.

7. Si llegamos tarde o faltamos a alguna celebración, no es porque seamos desorganizados o no te respetemos

Probablemente ha sido porque hubo un ataque de gritos o de ansiedad y no pudimos lograr que nuestra hija saliera de su habitación, se duchase o se pusiera los zapatos. Y he llegado media hora tarde porque me ha costado todo ese tiempo hacerle comprender a mi hija su ataque de pánico, y luego he tenido que dedicar cinco minutos a llorar en el coche y recuperar fuerzas. Y no siempre podemos acudir adonde nos invitan porque es MUY DIFÍCIL y ya estamos agotados. No es que te estemos ignorando.

8. Es interminable

No podemos contratar a una niñera, dejar a nuestros hijos en el campamento, inscribirlos para deportes de equipo o darles la libertad de un adolescente normal. Cada decisión conlleva cierta tensión. Es algo incesante y siempre estamos temiendo que todo vuelva a venirse abajo.

9. Nos sentimos solos

Es difícil hablar sinceramente con otros padres sobre nuestros hijos y sus logros. ¿Tu hijo está en el cuadro de honor? Estupendo. El mío no se ha suicidado. ¡Bravo! No es una conversación ideal.

10. Nuestros hijos son marginados a menudo y les cuesta hacer y mantener amigos

Y eso nos rompe el corazón. Una y otra vez.

Así que, por favor, cuando la voz crítica de tu cabeza (yo también la tengo) comience a decirte que los padres de ahora no pueden con sus hijos: para. Permite que haya una voz más amable que te recuerde que no podemos saber lo que pasa en la vida de los demás, y todos lo hacemos lo mejor que podemos. Estamos llevando un gran peso, y necesitamos ayuda para levantarlo, no la carga extra de las críticas.

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