“¡Ha sido por tu culpa, mamá!”

mom is the word

Estos días, mi hija echa la culpa de todo lo que le sale mal a mí, a sus amigos… a cualquiera excepto a ella misma. Ahora entiendo por qué

Jennifer Gay Summers

Escrito por Jennifer Gay Summers
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

“¡Has matado mi planta!” Mi hija adolescente me lanzó una mirada de odio mientras señalaba las rosas enanas secas de su maceta, en el lavabo de su baño.

“Lee, es tu planta y tu responsabilidad.”

“¡Pero yo nunca me acuerdo de regar las plantas! Por eso se supone que tú…”

Cogió las rosas muertas, abrió el grifo y las empapó para reparar el daño. Pero la planta tenía tan poco futuro como su intento de echarme a mí la culpa.

Es algo que he oído muchísimas veces durante el último curso. “Mamá, me han puesto sólo un aprobado en el examen de matemáticas porque el profesor sustituto era muy aburrido y no nos ayudaba a aprender”. O “Me he rozado la rodilla porque Dave me ha perseguido por el campo de fútbol. ¡Ha sido todo por su culpa!”

A través de los años, he pasado de hiperventilar cuando pasan esas cosas a respirar hondo, porque, como sabe cualquier padre de un niño con TDAH, casi todos los días pasan “cosas”. Aprendí a bajar el tono de mis reacciones, de “¿¡Qué has hecho queeé!?” a “Así que te has dejado llevar por tus impulsos; esas cosas pasan. Asume tu error, pide disculpas y sigue adelante”. Ella ya sabía que, aunque el TDAH no era una excusa, podría ser una explicación.

Pero a veces llegaba a echarme la culpa de un modo absurdo, como la semana pasada, cuando Lee estaba haciendo las tareas de casa. Como está en juego su paga, nunca se olvida de regar el jardín. Miró la regadera azul que tenía en las manos y luego miró al otro extremo del patio, hacia el lugar donde debía guardarla; justo al lado de la silla donde yo estaba sentada. Me di cuenta de que estaba pensando en lanzarla en lugar de llevarla a su sitio y grité: “¡No!” Pero ya era demasiado tarde. Me agaché, la regadera voló sobre mi cabeza y aplastó una maceta de preciosas flores rosas.

“¡Es culpa tuya, mamá, me has distraído!”

“¡¿Queé?!”

Mire la maceta de rosas muertas y empapadas en el lavabo. Vuelta a empezar de nuevo. Llamé a la terapeuta de Lee, que me recordó que los niños con TDAH son culpados tan a menudo por sus momentos impulsivos que desarrollan una reacción instintiva de “¡Yo no lo hice! ¡Yo no he sido!” aunque no sea cierto. No importa cuántas veces le había dicho a Lee, “Está bien, has hecho lo que has podido en matemáticas”, o “No tenías intención de arrojar la regadera,” el terapeuta explicó que Lee debía de sentirse estúpida o vaga por el daño causado.

Cogí la maceta y dije: “Lee, podemos reemplazarla. Pero la nueva tendrás que regarla tú. Puedo ayudarte a encontrar una forma de acordarte, pero no va a ser responsabilidad mía”.

“Pero te había dicho…” Entonces una sonrisa culpable se extendió por su cara. “Está bien, mamá, has hecho lo que has podido. No querías matar mi planta”, dijo. Salió de la habitación riéndose y yo sonreí. En algún lugar, debajo de toda la culpa, mis palabras habían conseguido echar raíces.

 

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