¿Qué hay en un nombre? ¿Qué hay en un diagnóstico?

Después de ocultarle su diagnóstico de TDAH, una madre descubrió que su hija estaba encantada de saber qué le hacía ser como era.

Por AMANDA MENESES, RN, BSN
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

Recuerdo cuando nuestra hija fue por fin diagnosticada: TDAH subtipo inatento. Habíamos visto signos y superado sus desafíos durante años. Buscamos una evaluación durante meses. Aun así, tener en la mano el papel con las palabras impresas escocía un poco. Mi primera hija, la mayor, tenía un diagnóstico.
Como padres, solemos tomar decisiones por nuestros hijos; las tomamos pensando en lo mejor para ellos. Queremos que se les acepte, que no se les margine. Queremos que se sientan comprendidos, pero no perdonados. Queremos que se conozcan a sí mismos, pero que no se sientan etiquetados. Por eso decidimos, cuando nuestra hija estaba en segundo, no hablarle de su diagnóstico. Le dijimos que tenía “problemas de atención” y que “aprendía de manera diferente” que otros niños. Le aseguramos que llegaría tan lejos como los demás; sólo tenía que trabajar para conseguirlo. Habíamos decidido empezar con terapia en lugar de medicación y le explicamos que su terapeuta le ayudaría a aprender nuevas formas de organizarse y sería alguien más con quien hablar. No queríamos que se sintiera como si le pasara algo “malo”, así que su diagnóstico de TDAH fue nuestro secreto; aprender a concentrarse era su desafío.
Mejoró poco a poco durante el siguiente año y medio. Contando con un plan 504 y todo tipo de adaptaciones y reuniones con profesores, comenzamos nuestra ascensión y, con ella, una nueva costumbre. El primer día de clase de cada curso, enviaba un correo electrónico al maestro de nuestra hija: “Hola, mi hija está en su clase este curso y quiero contarle algo sobre ella. A primera vista, no le parecerá que pueda tener problemas académicos, por lo que le pasará desapercibida. Por eso me dirijo a usted, para informarle sobre su TDAH y lo que necesitamos para que tenga éxito en clase y en general, en el centro”. La carta resultó, con los años, increíblemente enriquecedora y eficaz para el éxito de mi hija.
En cuarto curso, sin embargo, el correo alcanzó un nuevo nivel de enriquecimiento y éxito. Cuando escribí la carta de aquel año, no especifiqué que nuestra hija no estaba al corriente de su diagnóstico. Me centré tanto en sus necesidades que no expliqué que ella nunca había oído el término “TDAH”. Cuando llegó a casa un día y dijo: “Mamá, la señora _____ me ha llevado aparte y ha hablado conmigo de mi TDAH”, se me hizo un nudo en el estómago. Contuve la respiración, mi mente empezó a dar vueltas y me dispuse a darle explicaciones. Me preparé para el trauma que, estaba segura, ella iba a sufrir al conocer su diagnóstico.
Pero no ocurrió nada de eso. Me contó que la hermana de la maestra tenía TDAH, y qué adaptaciones había recibido en clase. Me enseñó el juguetito que le había dado la maestra para manipular cuando necesitara moverse y me habló del rincón de lectura al que podía escapar cuando necesitara marcharse unos minutos. Pero, sobre todo, me di cuenta, ella decía “mi TDAH” una y otra y otra vez. “Sabes mamá, ese es el nombre de mi problema de concentración. Ya sabes lo difícil que es para mí prestar atención; es porque tengo TDAH”.
En esos pocos minutos aprendí una lección para siempre. No tenía que salvar a mi hija del nombre de un diagnóstico amenazador. Ella ya sabía que era diferente. Estaba viviendo esos desafíos. Al mantener en secreto el nombre, el diagnóstico, yo no estaba salvando a nadie. Nuestro secreto de adultos había estado gritándole en su cabeza durante años. Ese monstruo que le había perseguido todos los días tenía ahora un nombre. Y ese nombre era todo lo que ella necesitaba para separar a su propio yo de su discapacidad.
En una sola tarde, todo aquello con lo que había luchado durante los últimos tres años se lo explicó una profesora que no tenía más conocimientos, pero que se tomó interés.
“Es por mi TDAH, mamá”. Quién iba a pensar que un nombre sería la clave para que ella comprendiera y que un diagnóstico podría resultar tan liberador.

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