Yo le reñí. Ella gritó. No fue nada agradable

mom is the word

Puedes aprender lecciones cuando pierdes la paciencia con una hija que quiere decidir por sí misma.

Jennifer Gay Summers

Escrito por Jennifer Gay Summers
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

Una de las tareas de mi hija es dar de comer al perro y al gato, pero cuando llega el momento de hacerlo, rara vez la encuentras. Anoche estaba yo en la cocina, preparando la cena, el perro suplicando, el gato maullando, y la llamé: “¡Lee!” No hubo respuesta. El gato volcó su plato con un fuerte estruendo, por si yo era sorda.

Fui a la habitación de Lee, abrí la puerta y le hice saber: “Los animales tienen hambre”.

Lee dejó un momento sus auriculares, con los ojos aún fijos en su chat en Minecraft, y dijo, “Ahora estoy ocupada”. Y volvió al juego.

No podía sentarme a explicarle lo urgente que era el chat de Minecraft al gato, que ahora me estaba golpeando con la pata, ni al perro, que estaba gimoteando. Sentí cómo me ardían las mejillas y todo lo que había aprendido sobre no reaccionar y mantener la calma saltó por la ventana. “¡AHORA MISMO!” grité con voz autoritaria.

Lee se quitó los auriculares y me fulminó con la mirada. “¿Por qué te pones así? ¡Sólo necesitaba cinco minutos más!” Miró a la pantalla. “¡Bien hecho, mamá! ¡Me acabo de morir!” Agarró al gato, se lo puso sobre los hombros y se fue pisando con rabia hacia la cocina, con el perro corriendo detrás.

Pensé, “Sí, bien hecho, mamá. ¿No has aprendido nada de los últimos 16 años?” Porque yo sabía muy bien que lanzar una orden a mi obstinada hija adolescente era la mejor manera de iniciar una batalla. Oí cómo cerraba de golpe los armarios y echaba las croquetas en los platos y sentí cómo su ira salía de ella y venía en oleadas hacia mí.

Cerré los ojos y respiré hondo. Ella tenía razón. Y yo lo sabía. No le di tiempo para romper el hiperfoco y cambiar de actividad. Lo único que tenía que haber dicho era: “Me alegra que estés pasándolo bien. ¿Qué tal si les das de comer dentro de cinco minutos?” Ella habría aceptado, agradeciendo ese tiempo para detener el juego.

Me había dejado llevar por mi enfado y Lee reaccionó explotando. Yo sabía bien que su poca tolerancia a la frustración, mezclada con los cambios de humor debidos a las hormonas y rematada con las dificultades para manejar sus emociones, era algo típico de las adolescentes con TDAH. La necesidad de ser independiente y tomar sus propias decisiones a los 16 años era otra de las razones por las que recibir una orden la había sacado de sus casillas. Yo había perdido esto de vista, y ahora los animales devorando su comida eran los únicos ganadores.

“Vale, deja de martirizarte”, pensé, y me dirigí a la cocina. Le dije: “Lee, lo siento, yo…”

Se dio la vuelta y me miró. “¿Te parece bien que saque la basura ahora en lugar de hacerlo luego, para que no me maten otra vez?”

“Por supuesto”, le dije con una enorme sonrisa. Yo no era la única que había aprendido una lección. Lee estaba planificando con antelación, una habilidad mental que no le resultaba fácil, igual que a muchos niños con TDAH. Mi orden le había hecho pensar. Ella haría sus tareas a su propio ritmo, sin tener a mamá riñéndola. Ahora sólo hacía falta que alguien se lo explicara al gato.

 

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