El TDAH es real: una madre orgullosa ve cómo su hijo con TDAH defiende su causa

Lisa Aro

Escrito por Lisa Aro
EVERYDAY HEALTH, INC. LOGO
Publicado en el blog “Una vida distraída. Aventuras con el TDAH de una familia”
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

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Todas las tardes tiene lugar en mi casa un ritual que comenzó allá en la guardería. Mis hijos llegan del colegio en tropel, dejando un rastro de zapatos y mochilas. De la manera más desorganizada posible, empiezan a contar todo lo que les ha pasado. Hablan todos a la vez, entrando y saliendo de la conversación, mientras van soltándolo todo. Desde lo que han aprendido en clase hasta los últimos chismorreos del instituto, todo llega como un torrente. Oigo hablar de maestros, exámenes, deberes, amigos, acontecimientos próximos y a menudo, conversaciones e interacciones que les han causado problemas.

Irónicamente, en pleno Mes de Sensibilización sobre el TDAH mi hijo mayor tuvo su propia e intensa semana de Sensibilización sobre el TDAH. Cada día aparecía una nueva oportunidad de enseñar y defender su causa en estas tumultuosas sesiones de fin de la jornada.

Había acudido a una profesora con quien tenía problemas: “Le he dicho que tengo TDAH y lo estoy pasando mal con todos esos trabajos que hay que entregar al final de cada tema”. No resulta sorprendente, ya que a los niños con TDAH les suele costar descomponer los proyectos grandes en partes más pequeñas y regular la realización y entrega del trabajo. “Esto está agravando mi ansiedad”, le dijo, “estoy teniendo ataques de pánico todos los días”. Entonces le pidió ayuda: “Necesito que me ayudes, dividiéndolos en tareas más pequeñas, para que no tenga que entregarlo todo a la vez”.

No podría estar más contenta. Tanto mi hijo como yo habíamos descubierto que esta profesora, en particular, no sabía prácticamente nada sobre el TDAH. Ambos habíamos tratado de ayudarle a entender cómo funciona el cerebro con TDAH y las diferentes estrategias que se aplicar para hacer las cosas más fáciles. Me gustaría decir que asimiló todos los conocimientos y la comprensión que le ofrecimos, pero en realidad no fue así. Es una labor en progreso. Pero el progreso, aunque sea lento, es bueno. Es algo que he aprendido al tener un marido y cinco de seis hijos con TDAH.

Al poco tiempo, llegó a casa quejándose de las personas, bien estudiantes o adultos, que insisten en decir que el TDAH no existe. Eso le molestaba. No era que dudase de su propio diagnóstico, de si es algo real; eso no pasaba. Le molestaba porque él lucha a diario con los síntomas de su TDAH. Ha de convivir con él todos los días. Alguien que lo negara, decía, estaba negando sus experiencias, sus dificultades, su lucha. Y eso duele.

De todas las experiencias que contó durante la semana surgieron buenas oportunidades de hablar con él y con toda la familia de lo que significa tener TDAH, vivir con él y sus trastornos coexistentes. Nuestros hijos y los adultos con quienes convivimos entienden mejor que nadie la necesidad de tomar conciencia del TDAH. Entienden la importancia de deshacerse de mitos y malentendidos y de eliminar los sentimientos de vergüenza que pueden ir asociados al trastorno. Eso sólo se puede conseguir difundiendo el mensaje: el TDAH es real.

La verdad es que la concienciación sobre el TDAH no sólo es algo del mes de octubre. No consiste sólo en difundir artículos y memes divertidos o emotivos. Debe darse todo el año, sobre todo en conversaciones en torno a un pupitre, ante el supermercado, en llamadas telefónicas y mensajes de texto, con amigos, familiares, maestros, entrenadores y conocidos. Quienes han sido diagnosticados están en la primera línea de la batalla para ser comprendidos y para que su experiencia sea reconocida.

Me amargaba que él tuviera que afrontar tantos desafíos. Escuchar una historia tras otra, día tras día, contadas por nuestro hijo adolescente era realmente desgarrador. Pero he de admitir que me siento muy orgullosa de él y de su reacción ante estas situaciones. Orgullosa de que haya aprendido lo que hemos tratado de enseñarle acerca de su trastorno y lo utilice para defenderse, para abogar por sí mismo, y para ayudar a otros a entender. Orgullosa de que esté lo suficientemente seguro de sí mismo para no dejarse llevar por alguien que no conoce el trastorno o prefiere no creer o aceptarlo. Después de estar años delante de mis hijos forjando un camino para ellos, es fabuloso estar a su lado y ver como asumen ese papel ellos mismos.

Al final de la semana trajo una nueva historia. Una chica, en una de sus clases, se le quedó mirando y le desafió con cara de asco, “Si yo creyera en el TDAH, diría que seguro que tú lo tienes, pero no creo”.

Su respuesta me emocionó: “Yo tengo TDAH. Existe, da igual que lo creas o no. Decir que el sol no existe no va a impedir que brille”.

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