TDAH: Para salvar su matrimonio, acabaron con la Xbox. De un tiro

gina-pera-bio Eres tu soy yo

 

 

 

 

 

 

Escrito por Gina Pera
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

 Xbox
La Xbox, después de los disparos

 

De verdad. La cogieron y le pegaron un tiro. La foto de arriba es auténtica. A continuación, la esposa cuenta la historia, dándonos su personal visión sobre las complejas razones por las que algunos adultos con TDAH se enganchan a ciberadicciones.

Primero, algunos antecedentes

Hace unos diez años, anduve con un grupo de apoyo de “World of Warcraft” (para los cónyuges de los jugadores). Yo no sabía mucho sobre el juego. Mi marido (el cónyuge con TDAH en nuestro matrimonio) jugó un poco a “Starcraft”, hasta que le hice ver que eso le volvía mezquino como una serpiente. En realidad, tengo que decir que mientras jugaba estaba bien, pero en cuanto lo dejaba… ¡cuidado! Me recordaba al típico síndrome de abstinencia de un adicto. Afortunadamente, él estuvo de acuerdo y nos deshicimos de aquel trasto.

Pero la descripción que hacían las personas de aquel grupo de apoyo de los hábitos de juego de sus cónyuges, sonaba con seguridad a TDAH. ¿Querían oír hablar de esta posibilidad? Rotunda y vehementemente “¡No!”.

 

Por supuesto, no todos los que juegan compulsivamente a videojuegos y sufren efectos adversos tienen TDAH. Pero conocemos lo suficiente sobre el sistema de recompensa de la dopamina para saber que las personas con TDAH son más vulnerables a desarrollar adicciones de todo tipo, y esto incluye la electrónica y los juegos. Hablamos mucho sobre esto en el Grupo de Discusión sobre TDAH Adulto de Silicon Valley, que he co-moderado durante 10 años en CHADD del Norte de California (gratuito y abierto al público).

Por otra parte, las personas con TDAH también son más vulnerables al “escape” que ofrecen la electrónica y los juegos (ver este post anterior de Kevin Roberts, un adulto con TDAH que escribió el libro “CyberJunkies”).

Si el uso excesivo de videojuegos y aparatos electrónicos está erosionando vuestra relación, podría ser bueno que pensarais a fondo en ello.

Ahora, vayamos al relato de una amiga a quien llamaré Kate.

Por qué disparamos a la Xbox

Por Kate

Me sentó tan bien quitarme por fin los zapatos aquella mañana. Había sido un turno de noche especialmente largo en el hospital. Por mucho que adore mi trabajo de enfermera, pasar doce horas de pie me deja para el arrastre al llegar a casa.

Desde el garaje, rodeé la casa para entrar por la cocina a dejar las llaves del coche. Entonces lo vi: el siniestro resplandor parpadeante en el salón. No debería haberme sorprendido. Buscando el origen de la luz, le encontré. Justo donde le había dejado. Aquel brillo procedía de la pesadilla de mi existencia: la Xbox 360.

La Xbox empezó a ser un problema cuando aún no llevábamos un año casados. A mi marido se le daba demasiado bien. La velocidad a la que podría subir su puntuación en cualquier juego le resultaba tan gratificante que llegó a ser una adicción. Comenzó como un pasatiempo, pero se convirtió en una enfermedad.

Más adelante, descubrimos que sus síntomas –migrañas constantes, náuseas crónicas, dolores corporales parecidos a la gripe y síndrome de colon irritable –se debían, sobre todo a depresión y estrés postraumático (magnificados por su TDAH). Pero entonces no lo sabíamos. Pensábamos que sólo estaba enfermo.

¿Había que extirparle la vesícula? ¿Era celíaco? ¿Tenía alguna alergia? No lo sabíamos. Mientras seguían haciéndole pruebas, él sólo podía reunir energías para jugar a la Xbox. En realidad, se trataba de una afición que había tenido durante todo el bachillerato, pero que había abandonado para construir una “vida”: una carrera, una esposa, una familia.

Un marido de 6 estrellas de recién casados

Había sido un novio de 5 estrellas durante dos años y un marido de 6 estrellas cuando éramos unos recién casados. Se emocionó cuando supimos que esperábamos nuestra primera hija y hubiera ido hasta el fin del mundo por mimarnos al bebé y a mí. “Mis chicas” nos llamaba.

Recordándolo ahora, toda la “enfermedad” pareció surgir cuando las cosas empezaron a ponerse feas con sus padres y hermanos. Sus padres se estaban separando. Todos peleaban. Todo se caía a pedazos. Más tarde me enteré de que pasó su infancia luchando tenazmente para mantener unida a su familia; ahora le parecía que todos hacían pedazos el trabajo de su vida. Estaba completamente destrozado.

Los recuerdos y experiencias desagradables que había borrado durante años volvían a aparecer. Era demasiado para él. El estrés le enfermaba. Por supuesto, yo no podía saber todo eso. Sólo sabía que lo único que mi marido quería era la X-box. Esto provocó numerosas peleas y estaba poniendo una cuña entre nosotros. ¡Cuántas veces soñé con atropellar ese trasto con mi coche, o tirarlo por un acantilado! “The Halos”, “Skyrim”, “Black Ops” y ahora, “Destiny”.

Su “hobby” se había transformado en algo tan real y tan absorbente que yo a menudo temía perderle. Hora tras hora, día tras día… Lo que comenzó como un simple pasatiempo se había convertido para él en algo más importante que yo. Más importante que ver a nuestra hija crecer. Más importante que mantener su trabajo. Más importante que terminar sus estudios.

Ahora, la Xbox era lo más importante

Mientras tanto, yo me iba quedando físicamente exhausta y emocionalmente agotada. Yo trabajé. Yo pagaba las facturas. Yo limpiaba la casa. Yo cuidaba al bebé. Yo hacía la compra. Yo cocinaba. Yo apenas dormía. Pero, a veces, para él era más importante la Xbox que comer o dormir. Ésta era una de esas veces.

Al menos, Shawn había hecho un esfuerzo. Tomaba un antidepresivo ISRS para sus estados de ánimo y otra medicación para mantener a raya sus migrañas. Acababa de empezar de nuevo las clases (después de faltar durante dos semestres). Por fin habíamos conseguido que le diagnosticaran su TDAH. La medicación le estaba haciendo efecto y le ayudaba a concentrarse en clase. Por fin yo tenía una esperanza.

Esto hizo que mi decepción fuera aún mayor cuando llegué a casa aquella mañana y descubrí que se había pasado toda la noche jugando.

Me di cuenta de que no conseguiría dormir. El bebé se despertaría pronto y yo debería encargarme de cuidarlo. No es que él no se ofreciera. Sus intenciones siempre eran buenas, pero él no conseguía estar a su altura. Se dormía en el trabajo, el trabajo de cuidar de nuestro bebé. Yo lo sabía y él lo sabía. Así que le dejaba dormir desde el principio.

Así era mi vida. No dormir, no dormir, no dormir. Yo tenía la suerte de aprovechar dos horas mientras el bebé se echaba la siesta y quizá una hora más cuando mi marido se despertaba. Por supuesto, lo más probable es que durante esa hora pusiera “Frozen” para tenerla entretenida mientras él jugaba con la Xbox.

Todo eso es lo que yo suponía que volvería a suceder. Pero esta vez no fue así. Esta vez me sorprendió. Esta vez, hizo que el mundo fuera un lugar mejor para mí.

En mi consternación al llegar a casa y ver aquel resplandor parpadeante, clavé los codos y hundí la cabeza sobre el mostrador de la cocina. Traté de calcular si mi organismo admitiría más cafeína de la que ya había tomado en el trabajo. Normalmente, habría ido a hablar con él, le habría dicho que ya estaba en casa, tal vez le habría preguntado qué diablos hacía todavía jugando, pero estaba demasiado cansada. No tenía ánimos para discutir. Pensé que tal vez, con suerte, podría dormir una media hora antes de que nuestra hija se despertase.

Entonces, él la sorprendió

De repente oí que se apagaba la televisión. Él se acercó a saludarme.

“Hola, Bombón”, me dijo. Hacía tiempo que no me llamaba así.

“Hola”, le dije. “Todavía estás levantado”. Probablemente se me notaba el enfado.

“Sí. Estaba pensando”, dijo.

Hizo una pausa. “¿Sí?”, le solté.

“Este trasto [la Xbox] está echando a perder mi vida. Me olvido de todo, no hago las tareas de casa, siempre estamos enfadados… La voy a cazar”.

Lo último parecía no tener sentido. “¿A cazar?”

“Quiero meterle una bala a la maldita Xbox.”

No supe cómo responder. Por un momento, pensé que eran imaginaciones mías. ¿Con qué frecuencia me había imaginado a mí misma haciendo exactamente eso? ¿Cuántas veces me había dicho a mí misma exactamente lo que él me estaba diciendo? ¿Cuántas veces no me había escuchado él?

“Fijamos un día para llevarlo a cabo”

¡Para mi total sorpresa y felicidad, cumplió lo prometido! Pedimos a mi padre que nos prestara un par de escopetas. Fijamos un día para llevarlo a cabo. Me llevó a cenar. Fuimos con el coche a un lugar alejado en el monte. Disparamos ambos a la vez. Nunca he sentido tanto alivio como cuando aquel trasto saltó hecho pedazos.

Conservamos el disco duro, atravesado en el centro por un disparo, como recuerdo. La idea es montarlo en un expositor, junto con los casquillos de bala y la palabra “Vencida”.

Para mí, esto ha marcado el fin de una era desagradable y el comienzo de una nueva época brillante. Han pasado sólo dos semanas desde la ejecución, pero las cosas parecen ir hacia arriba.

Desde entonces, todos los días salimos con nuestra hija, en plan familiar. Disfrutamos incluso yendo juntos al supermercado o de paseo. Él siempre nos comenta cómo había olvidado la cantidad de tiempo que tiene en realidad el día y cuánto le sorprende que no se ponga el sol al poco tiempo de amanecer.

Me ayuda a limpiar la casa. Se ocupa del coche. Hace los recados. Se ha puesto al día con sus clases. Es puntual. Ha llegado a cambiar su número de teléfono, para que sus amigos de Xbox no puedan localizarle y reclutarle para jugar. “Sé que encontraría alguna manera, si la misión fuera lo bastante interesante”, me dijo.

Todavía nos queda mucho camino por recorrer; las cosas no cambian de la noche a la mañana. Esto ha sido el resultado de casi dos años buscando la medicación adecuada, pidiendo consejo a profesionales y dejándole lamentar la pérdida de su pasado, su familia y su diagnóstico. Lo más importante es que era él quien tenía que decidir por sí mismo que necesitaba un cambio.

Nada de lo que yo decía influía en él. Cuántas veces le amenacé con abandonarle. Le dije que no le necesitaba. Estaba tan harta que a menudo deseaba que se marchara. Pero más fuertes que la ira eran siempre las súplicas; a mí misma, a Dios para que nos concediera a ambos la fuerza para salir juntos de aquello.

Cuando yo estaba a punto de ceder y decidir que ya no podía vivir así, él tomó la decisión. Pero así son las cosas. Tenía que ser él quien cambiara la situación. No yo.

 

Muchísimas gracias a Kate por contarnos esta historia. Ambas esperamos que sea de utilidad a otras personas que estén en una situación parecida que tengan que “vencer”.

 ¿Qué hay de ti? ¿Influyen los videojuegos en vuestra relación? Y esa influencia, ¿es positiva o negativa en vuestra relación y en otros aspectos de la vida?

 

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Una respuesta a TDAH: Para salvar su matrimonio, acabaron con la Xbox. De un tiro

  1. Aranza dijo:

    Muy interesante tema, gracias por hablar sobre estos asuntos que tanto nos aquejan hoy día, les dejo este aporte https://zarza.com/ciberadiccion-bienvenidos-al-grupo-de-apoyo/ la verdad es un complemento extraordinario para este articulo.
    Gracias!

    Me gusta

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