Lecciones inesperadas que aprendí del acoso (y que tú puedes aprender sin sufrirlo)

Rick Green Unexpected

Escrito por Rick Green
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

Se llamaba Charles Philip. Ese no era su verdadero nombre. Su verdadero nombre era Steve Markham. Eso tampoco es cierto. Su nombre no importa. No es que no quiera ponerle en evidencia; ni siquiera estoy seguro de que siga vivo. Es que él representa a todos los que alguna vez me han acosado, desde Tercero de Primaria hasta el verano pasado.

Fuimos a la misma clase durante varios cursos de Secundaria. Esto era mucho antes de que me diagnosticaran de TDAH, y yo iba a la clase de los que sacaban peores notas: una variopinta colección de auténticos gamberros, ovejas negras y unos pocos empollones que sacaban realmente malas notas; una mezcla tóxica de matones con cuatroojos torpes, asmáticos y enclenques listos para ser sus víctimas.

Yo vivía atemorizado por Charles y las burlas de la banda de los chulos. En aquel entonces los llamábamos macarras; se les reconocía por sus zapatos italianos de cuero negro para pelear (lo que llamaban ‘disparar la bota’ en una bronca). Estoy seguro que el miedo se veía por toda mi cara llena de acné. Y también en mis pantalones de pana beige, mi camisa de cuadros y mis Hush Puppies.

Lo peor fue el curso en que su taquilla estaba junto a la mía. Yo procuraba llegar temprano para guardar mi lógico abrigo y mis apropiadas botas de invierno. Al acabar el día, me quedaba un rato con los amigos (imaginaos el reparto de “The Big Bang Theory”) hasta que no había moros en la costa. Por suerte, Charles se saltaba clases a menudo y se juntaba con los machotes y las gamberras para ir a fumar a El Muro, al otro lado del patio.

En aquel tiempo, yo no era muy feliz que digamos en el instituto. Al recordarlo ahora, me parece todavía peor que entonces. Años de estrés, con baja autoestima, escondiéndome, pasándolo mal, deseando estar en otro lugar, escribiendo historias en mi mente, imaginando lugares a los que viajaría, chicas a las que enamoraría, cosas que inventaría…

Charles se marchó un año antes de que yo me graduara. No supe qué fue de él. Diez años después, un amigo común me habló de lo terrible que era su hogar. Drogas. La policía. Un padre en la cárcel.

Y 28 años más tarde, la llamada de un amigo: “Oye, ¿vas a ir a la Gran Reunión del Instituto? Es el 50 aniversario del centro”.

Flash Forward

Fui a la reunión, deseando encontrarme con los viejos amigos y ver a todas aquellas chicas a las que nunca me atreví a invitar a salir. Yo no tenía ni idea de dónde trabajaba o a qué se dedicaba ninguno de ellos. Pero había mucha gente que sí sabía de mí y de los programas que había hecho. Eso fue una especie de shock.

Fue una noche de sorpresas agradables y novedades agridulces. Como cuando una chica, a la que yo había olvidado por completo, me pidió mi información de contacto. Al escribir yo mi dirección de correo electrónico, gritó, “¡Todavía coges el lápiz de esa forma! ¡Y sigues sacando la lengua al escribir!” Demonios. ¿No había visto a esta mujer desde octavo y se acordaba de eso?

Luego vino un hombre pequeño, vestido como un proxeneta de cómic para adultos. “¡Hola! ¡¡¡Rick!!! ¿Te acuerdas de mí? ¡Charles Phillip! ¡Tenía mi taquilla junto a la tuya! Le digo a todo el mundo que te conozco… ”

Mil millones de pensamientos y sentimientos explotaron en mi cabeza –un momento especial en una noche llena de “¡Oh, Dios míos!”

Durante una millonésima de segundo, me sacudió el viejo temor. Entonces vi la expresión de su rostro: estaba deseando con todas sus fuerzas que yo le recordara. Queriendo ser reconocido. Y sin que se le pasara por la cabeza que yo pudiera verle más que como un viejo amigo que solía gastarme bromas sobre mi aspecto.

No contaré cómo fue la conversación. Eso importa poco. ¡Yo estaba como ausente casi todo el tiempo! En cambio, mi cerebro estaba experimentando un cambio radical, que tardó semanas en completarse. Mis miedos y mis viejas creencias sobre mí mismo afloraron a la superficie y explotaron como burbujas. La ira y el temor se evaporaron. Charlie el gángster, ése a quien yo imaginaba persiguiéndome con una navaja por simple diversión, resultó ser… un ser humano buscando ser aceptado. Tratando de caer bien. Necesitado. Igual que todos.

Si yo no hubiera salido en la televisión, Charles me habría olvidado sin duda, y estoy seguro de que había olvidado a los empollones que salían de clase detrás de él con la mirada baja o simulando estar absortos en sus propios pensamientos.

Pero todas esas chorradas que tenía en mi cabeza sobre ser acosado, ser un cobarde, ser el más débil de mi familia y otra docena de otras cosas que había imaginado, de repente me di cuenta de que eran puras fantasías. Pasaron cosas y yo les di el peor significado posible, convirtiendo cualquier asomo de “dato” en una prueba más de que yo era débil, cobarde, un perdedor…

Lo bastante

Os cuento esto porque he aprendido que todos pensamos cosas parecidas. Todas son, en el fondo, variaciones sobre el mismo tema: soy un tío raro. No encajo. No soy lo bastante bueno, lo bastante inteligente, lo bastante guapa, lo bastante alto, lo bastante varonil, lo bastante femenina…

Básicamente, “No soy lo bastante”. Lo bastante lo que sea que nos han dicho que debemos ser, si queremos salir adelante y ser felices.

Me miro a mí mismo. Miro a mi esposa. Miro a mis hijos. Miro a todos los expertos a quienes hemos entrevistado y a los miles de personas que visitan nuestra web cada semana, vienen a vernos en directo o se unen a nosotros en los seminarios web… y creo que todos y cada uno de nosotros somos lo bastante. Todos somos maravillosamente, únicamente diferentes. Y lo bastante.

Desde aquella reunión, he aprendido a fijarme en lo que hago bien. Me fijo en las cosas donde estoy seguro de que soy lo bastante ¡O quizá incluso más que lo bastante!

He aprendido a buscar mejores explicaciones. Porque, si te vas a inventar una serie de creencias, ¿por qué no elegir las buenas? Así, en lugar de “cobarde”, ¿qué tal “amable y pacífico”?

¿Vago? ¿Qué tal “prefiere desafíos grandes de verdad”?

¿Fracasado? Prueba “En el ambiente equivocado” (en este caso, el ambiente equivocado era la escuela; pero volveré sobre eso en un futuro blog).

Te invito a probar por ti mismo este cambio super-enriquecedor. Toma una creencia negativa que tengas sobre ti, y trata de replantearla, transformarla y ver su fortaleza en vez de su debilidad. Dale la vuelta, mira el lado positivo y pregúntate “qué pasaría si…” sobre esa visión limitadora. Si tienes alguna persona cercana con la que puedas trabajar, prueba a conversar con ella sobre esto. A veces resulta difícil ver las fortalezas uno mismo. No porque seas tonto, débil o fracasado, sino porque eres sensible, modesto y… humano.

¡Todos tenemos puntos flacos! El truco está en tratar de ver las cosas desde una perspectiva diferente y más poderosa.

Te lo digo yo… y también Charles.

 

 

 

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