Siempre habrá buenos maestros

Escrito por Kelly Babcock
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

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Cuando yo iba a la escuela, como sabrás por tus padres o abuelos, tenía que caminar todos los días veinte millas para ir y otras tantas para volver, cuesta arriba en ambos sentidos, y siempre nevando. Y a menudo, esto era lo mejor del día.

De acuerdo, estoy exagerando. Pero no miento al decir que fui a una escuela de una sola clase, como la de “La casa de la pradera”. Estudié Primero y Segundo en una escuela donde un solo maestro daba clase desde Primero hasta Octavo. ¿Cómo aprendí algo allí?, te preguntarás. Aprendía de todo. Si el maestro hablaba, yo escuchaba, tratando de comprender lecciones dirigidas a alumnos que tenían un año más que yo o a otros que me doblaban en edad. Pero no podía dedicarme a lo mío.

En Tercero, íbamos en autobús a diferentes escuelas, también de una sola clase, pero nos agruparon por edades, así que no había tantas distracciones. Aquel año fui a una escuela de Primero, Segundo y Tercero. Al año siguiente, me cambiaron a otra de Cuarto y Quinto y al año siguiente, me volvieron a cambiar a una de Quinto y Sexto.

El bueno, el malo y el acosador…

Aunque ya había tenido antes algún profesor bastante malo, en Quinto caí en manos de la Reina de las Maestras Duras. Sus métodos para motivar consistían en ponerte como ejemplo ante los demás, para ridiculizarte. Y cuando hablo de ti, me refiero a mí mismo.

Siendo yo un niño con TDAH en un mundo que no sabía nada del TDAH, era un objetivo natural para su maldad. No el único, ni siquiera el preferido, pero sí uno de los frecuentes, y además alguien dispuesto a creer en su propia estupidez.

Un niño roto

Lo pasé muy mal aquel año y, finalmente… me vine abajo. No recuerdo lo que pasó ese día, no recuerdo cómo se rompió mi mente. Si me hubieran preguntado, diría que quizá perdí el conocimiento, pero, al parecer, expresé alto y claro el miedo que me daba seguir en aquella escuela. Nunca volví allí. Después de un mes de descanso, regresé a la escuela de Cuarto y Quinto, donde estuve muy a gusto con la comprensiva señora que daba clase allí.

Hablemos de otra cosa

En mis años de escuela, he tenido buenos maestros. Mi abuela era una maestra jubilada que se convirtió en mi primera maestra al enseñarme a leer y escribir antes de que comenzara oficialmente a ir a la escuela.

Mi maestro de Primero era un amable caballero, intransigente con la mala conducta, pero justo al decidir lo que entendía como tal. Mi maestra de Tercero también era buena, y la de Cuarto -la que se hizo cargo de mí en Quinto y rescató mi destrozada autoestima- es mi preferida, con diferencia.

Sí, recibí comentarios tipo “No hace todo lo que podría con su capacidad…” en los boletines de notas, en todos los cursos; era todo lo que se sabía entonces.

He pasado mi vida tratando de ser agradecido, de buscar el bien en todos y en todo. Pero he estado tanto tiempo amargado por aquella experiencia de Quinto, que me resulta difícil dejarla pasar.

Sigo adelante…

Pero eso es exactamente lo que voy a hacer. Voy a darle las gracias a aquella maestra por algo que ninguno de los maestros buenos fue capaz de hacer. Le doy las gracias por enseñarme cómo sería una vida sin compasión.

Me he ido haciendo fuerte gracias a los buenos maestros que he tenido, y que sigo teniendo. Los que, compasivos, son capaces de identificar a ese estudiante que necesita su propia forma de aprender.

Los buenos profesores están ahí; pienso en vosotros, Rahmi y Tron, como buenas pruebas de ello. Sé que sois muchos más y me gustaría deciros gracias también a vosotros. Sois necesarios. Sois admirados, apreciados y necesarios.

 

 

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