TDAH y duelo

Terry Matlen 2

Escrito por Terry Matlen

Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu

Texto original en inglés

Grieving

Hace algunas semanas perdí a mi padrastro… a la avanzada edad de 91 años. A pesar de que su muerte no fue ninguna sorpresa, dada su edad y sus muchos problemas de salud, me chocó lo duro que resultó para mí en muchos aspectos.

Desde el punto de vista del TDAH, sólo había una cosa fácil en todo esto: no tenía que decidir qué ponerme para el funeral. Sí, sé que suena extraño o insensible, pero es cierto. Así que pasemos a algunas cosas relacionados con el TDAH que fueron difíciles. Me pregunto si algunos de vosotros os sentiréis identificadas.

Aparte del lógico dolor de perder a alguien cercano y sus efectos sobre los demás seres queridos, me di cuenta que estaba descolocada en varios sentidos, sobre todo ante un problema que yo llamo multitarea emocional. Sí, he buscado el término en Google y ya he visto que no es un invento mío. Bien.

Dicen que a las personas con TDAH se nos da bien hacer varias cosas a la vez. No estoy de acuerdo, al menos en mi caso y en el de muchos adultos con TDAH que conozco: solemos agobiarnos y desquiciarnos cuando nos llegan demasiadas cosas a la vez.

No sólo hay una avalancha de emociones que la persona afligida debe asumir (el torbellino de sentimientos, incluso si creías estar preparada; el trato con familiares con los que no te llevas bien, cargar con tu propio dolor a la vez que ayudas a otros a superar el suyo, etc.); también hay cuestiones prácticas que atender: gestionar la herencia, el papeleo, los objetos personales… todo mientras tu rutina ha saltado por los aires; esto te hace sentir, repito, desquiciada y, mucha veces, perdida y confusa.

Los adultos con TDAH solemos tomarnos las cosas muy a pecho. Abordé esto en mi libro “La Reina de la distracción”, pero merece la pena repetirlo. El dolor, las preocupaciones, los problemas, el miedo, la ansiedad- no solemos vivirlas como cosas pasajeras. Dejan cicatrices en el espíritu durante semanas, meses y muchas veces de por vida. Nos dicen que “tenemos que superarlo”. Nos dicen que esos sentimientos no son normales. Pero cuando entra en escena el TDAH (muchas veces acompañado de sus desagradables compañeras, la ansiedad y la depresión), hemos de tomar un camino diferente a nuestros amigos y familiares sin TDAH, concedernos un tiempo extra para recuperarnos y buscar aún más consuelo y apoyo ante las dificultades de la vida.

¿Y tú? ¿Qué grandes cambios en tu vida te han descolocado? ¿Cómo lo superaste?

 

 

 

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TDAH, distraerse con facilidad

 Kelly Babcock

Escrito por Kelly Babcock 
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

adhd-man2 PsychCentral

Soy consciente de que se me olvidan cosas. Me doy cuenta de que no suelo darme cuenta.

Suena a paradoja, y tal vez lo sea. Dios sabe que vivimos rodeados de ellas, ¿verdad?

Pero también he observado que son las cosas aburridas las que suelo olvidar. Esas tan entretenidas como ver secarse la pintura son las que dejo de lado con facilidad y, aunque jure que las haré, las olvidaré.

Ojos que no ven, cosas que no existen.

Solía pensar que las cosas que olvidaba eran las importantes. Me equivocaba. Me di cuenta de que me las arreglaba para abordar algunas cosas importantes.

Lo que ocurría es que, una vez empezadas, esas cosas importantes se dejaban a un lado y se olvidaban.

Sumándolo todo

De las cosas olvidadas y sin hacer, las más importantes volvían a morder mi conciencia. Las poco importantes se archivaban con las que ya estaban hechas en la tierra de los comosellamen olvidados.

El hecho es que sólo me obsesionaba con las cosas importantes de las que no me había ocupado. Y así, parecía que sólo me olvidaba de lo importante.

Y no tengo ningún consejo que pueda ayudarnos a ti o para mí a acordarnos de hacer esas cosas a tiempo.

Pero puedo hacerte una sugerencia sobre cómo ser un poco más competente cuando te acuerdas de algo que debías haber hecho ayer.

¿Cuál es el consejo?

El consejo es el siguiente: cuando te das cuenta de que has dejado algo sin hacer, tranquilízate. Decide si ya es demasiado tarde para hacerlo. Si lo es, tómatelo con calma, pero si todavía puedes hacerlo… tómatelo con calma también.

Flagelarte a ti mismo te frenará aún más. No hará volver atrás el tiempo, te impedirá actuar como mejor sabes, no te hará sentir mejor contigo mismo, socavará tu autoestima y creo que no necesito seguir, ¿verdad?

Así que, pulsando la tecla del total…

La conclusión es, como ya he dicho antes, que no debes ser demasiado crítico contigo mismo. No ofrece ninguna ventaja, y te hará más daño que bien.

Y si necesitas oírlo de otra manera, piénsalo así: no vas a decirte nada que no hayas oído antes. Decírtelo de nuevo te hará el mismo efecto que las veces anteriores. En otras palabras, ninguno en absoluto.

Porque, si hubiera resultado de ayuda, no estarías otra vez en esa situación, ¿verdad?

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TDAH, empatía y dopamina

Gina Pera 2

Escrito por Gina Pera
Publicado el 20 de marzo de 2015
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

dopamine-brain

 

Acaba de ser publicado otro estudio que sugiere una conexión entre la dopamina y la empatía cognitiva (enseguida definiré empatía cognitiva). Este estudio, junto a otras investigaciones, corrobora mis observaciones y las de otros expertos durante 16 años: que mejorar la transmisión de la dopamina (mediante medicación estimulante) suele mejorar la empatía de las personas con TDAH; no porque les “dé” empatía, sino porque les permite centrarse y acceder a esta función cerebral “de orden superior” que ya poseen, pero a la que no son capaces de acceder de forma fiable.

Lo sé. ¡Resulta muy complicada como frase de inicio! El concepto debería quedar más claro a medida que sigas leyendo.

Obviamente, la empatía es una cualidad fundamental en la relación. A menudo, la falta de empatía destruye relaciones donde los síntomas del TDAH no se han reconocido o tratado. Y esta carencia de empatía corta la relación en ambos sentidos. Ambos cónyuges serán más capaces de empatizar entre sí cuando los dos comiencen a aprender sobre las muchas manifestaciones del TDAH.

Para los frikis de la ciencia, voy a contaros los detalles de este estudio. Pero primero, hablemos de la empatía.

La empatía no es simpatía, perdón ni compasión

Muchos confunden la empatía con otras conductas: simpatía, bondad, compasión u otras similares. La empatía no es ninguna de ellas, aunque puede acompañarlas.

El significado más comúnmente aceptado de empatía es la cualidad que nos permite “ponernos en el lugar de otra persona”. Cuando empatizamos, abandonamos por un momento nuestras propias necesidades, nuestros pensamientos y deseos. Pensamos en lo que otra persona puede sentir.

En otras palabras, hay una diferencia entre empatizar y reconocer. Alguien que ha sufrido un accidente de automóvil, por ejemplo, será capaz de reconocer su propia experiencia en la de otras personas que han sobrevivido a accidentes; “sabe lo que se siente”. Pero ¿y si nunca has sufrido un accidente de automóvil? ¿Qué proceso mental te permite imaginar lo que se siente?

Se trata de un ejemplo muy simple, pero que trata de dejar clara una cuestión: la empatía es lo que nos permite imaginar lo que otra persona siente, aunque nunca hayamos estado en esa situación. Por otra parte, la empatía nos permite abstraernos de nuestros propios sentimientos y tratar de entender la mentalidad de la persona que discrepa o incluso está en contra de nosotros.

Empatía no equivale exactamente compasión ni amabilidad. Y tampoco a simpatía.

En contra de la idea generalizada, empatizar no es perdonar ni sacar a alguien de apuros.

En el nivel más simple, la empatía es simplemente la capacidad de “entender las razones de la conducta de esa persona”.

Ser capaz de sentir empatía es clave para tener éxito al negociar, también en las relaciones personales. También puede ser clave para entender por qué las personas llegan a hacer cosas tan terribles, y quizá para ayudarles a actuar de forma más humana.

Los científicos cognitivos poseen términos para varios tipos de empatía. Pero con el que estamos más familiarizados es con la empatía cognitiva. Simplemente significa saber cómo se siente la otra persona y lo que podría estar pensando. También se le llama toma de perspectiva. Caminar con los mocasines de otra persona.

Un extracto de mi libro: TDAH y carencias de empatía

Fíjate en este extracto de mi libro “¿Eres tú, soy yo o es el TDAH adulto?” en el que identifico la “baja empatía” como uno de las tres deficiencias comunes relacionadas con el TDAH que pueden hacer descarrilar una relación:

3. Baja empatía: “Todo para mí, nada para ti”.

“Mi mujer parece tener empatía hacia los personajes de las películas, los animales callejeros o el dependiente del supermercado”, nos cuenta Alex. “Pero cuando se trata de su marido o su hija adolescente, a menudo es francamente egoísta”.

En realidad, la empatía implica dos conjuntos de habilidades, de acuerdo con el psicólogo Robert Brooks:

  • La capacidad de ponerse en el lugar de la otra persona.
  • La capacidad de comprender e identificar las emociones.

Sin embargo, para muchas personas con TDAH, el mundo resulta tan caótico y su enfoque es tan errático que ni siquiera saben lo que sienten ellas mismas, mucho menos lo que siente otra persona.

Incluso si un adulto con TDAH posee los dos conjuntos de habilidades empáticas antes mencionados, su impulsividad o su rigidez pueden hacerle difícil ver el mundo con los ojos de otra persona.

“Y si una persona carece de empatía” añade Brooks, “probablemente entenderá mal la situación y malinterpretará las intenciones de otros. Con frecuencia espera que los demás se adapten a ella, pero no está dispuesta a cambiar”. Puede que el cambio les parezca imposible, con lo que la sensación de impotencia les produce aún más frustración.

En general, no podemos suponer que todos los seres humanos sean capaces de mostrar un nivel “normal” de empatía. La empatía es, en gran medida, una capacidad cerebral, y todos tenemos diferentes capacidades.

El tratamiento del TDAH con medicamentos mejora a menudo la capacidad de actuar con empatía, pero ciertos trastornos coexistentes, como el síndrome de Asperger, pueden complicar el cuadro.

(No hay por qué preocuparse. En otro lugar del libro, trato el déficit de empatía en los cónyuges de adultos con TDAH)

Ahora echemos un vistazo al estudio reciente: dopamina y equidad

El estudio de la Universidad de California, Berkeley, publicado hoy en la revista “Current Biology”, no es el primero en examinar los efectos de los efectos de la dopamina en el cerebro en lo que respecta a la empatía.

Por ejemplo, un estudio de 2014, “El gen receptor de la dopamina D4 muestra una asociación con la empatía cognitiva sensible al género: evidencias de dos muestras independientes” mostró que el género influye en la empatía cognitiva.

Las mujeres portadoras de una determinada variante genética (el alelo 7R) puntuaron más alto en empatía cognitiva que las no portadoras. En los varones, sin embargo, aquellos con la variante 7R puntuaron más bajo que los hombres que no lo tenían. Este estudio es particularmente relevante para el TDAH, porque esta variante del gen se asocia (aunque no es exclusiva) con el TDAH.

Los investigadores de la Universidad de Berkeley adoptaron un criterio diferente, como se explica en el documento publicado hoy en la revista “Current Biology”: “La dopamina modula el comportamiento equitativo en los seres humanos”.

Los participantes en el estudio recibieron, en dos visitas separadas, una píldora que contenía un placebo o un fármaco llamado tolcapone.

(El tolcapone prolonga los efectos de la dopamina, un neurotransmisor asociado con la recompensa y la motivación en el cerebro. Pero lo hace a través de un mecanismo diferente que los medicamentos estimulantes, que básicamente inhiben la recaptación de dopamina en la sinapsis, el espacio entre las neuronas. Este fármaco se utiliza para tratar a las personas con la enfermedad de Parkinson, un trastorno neurológico degenerativo que afecta al movimiento y al control muscular).

En este estudio doble-ciego con 35 participantes, de ellos 18 mujeres, ni los participantes ni los miembros del personal investigador sabían qué píldoras contenían placebo y cuáles tolcapone.

Entonces, los participantes tomaron parte en un juego en el que repartían dinero entre ellos y un destinatario anónimo. Quienes habían tomado tolcapone dividieron el dinero con los extraños de una manera más justa y equitativa que aquellos que habían tomado el placebo.

Según el comunicado de prensa de la página web de la Universidad de California-Berkeley “Alterar la química del cerebro nos hace más sensibles a la desigualdad”:

En conexión con estudios anteriores que demuestran que la desigualdad económica se evalúa en el córtex prefrontal –un área central del cerebro a la que afecta la dopamina– este estudio acerca a los investigadores a precisar cómo se inician en el cerebro conductas pro-sociales como la equidad.

“Hemos dado un paso importante para aprender cómo está influenciada nuestra aversión a la desigualdad por la química de nuestro cerebro”, dice el autor del estudio, Ignacio Sáez, investigador postdoctoral en la Escuela de Negocios Haas. “Los estudios realizados en la última década han arrojado luz sobre los circuitos neuronales que rigen la forma en que nos comportamos en sociedad. Lo que mostramos aquí es un ‘interruptor’ del cerebro en el que podemos influir”.

Los investigadores añaden que los estudios futuros pueden llevar a comprender mejor la interacción entre los mecanismos alterados dopamina-cerebro y los trastornos mentales como la esquizofrenia o las adicciones, y potencialmente aclarar el camino hacia posibles herramientas de diagnóstico o tratamientos para esos trastornos.

“Nuestra esperanza es que algún día puedan utilizarse medicamentos dirigidos a la función social para tratar estos trastornos incapacitantes”, dice Andrew Kayser, uno de los investigadores principales del estudio, profesor adjunto de Neurología en la Universidad de California en San Francisco e investigador en el Instituto de Neurociencia Helen Wills en Berkeley.

Se trata de un estudio pequeño, que aún no ha sido replicado.

(No sé qué pensar del hecho de que haya sido patrocinado conjuntamente por la Escuela de Negocios y el Centro de Neurociencia, con financiación, entre otros, del Departamento de Defensa).

Pero este estudio se suma al creciente conjunto de investigaciones sobre el papel de la dopamina en los llamados comportamientos “pro-sociales”, como la imparcialidad y la empatía.

¿Y tú?
¿Cuál es tu experiencia con la empatía y su relación con el TDAH?
Si tienes TDAH o lo tiene tu ser querido, ¿has observado limitaciones en la empatía o mejora en su capacidad de empatizar con el tratamiento médico?
O quizá has visto algo completamente distinto.
Por favor, deja tu comentario. Aquí  no hay molestas formalidades que cumplir.

Gina Pera

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La fuerza del elogio: paternidad adecuada para el TDAH

Tu hijo con TDAH puede desarrollar confianza y tener éxito si, como padres, destacáis más sus virtudes que sus defectos.

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Escrito por Arlene Schusteff
Traducido y adaptado por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

ADDitude

Si tenéis un hijo con Trastorno de Déficit de Atención (TDAH), es probable que paséis mucho tiempo señalándole sus puntos débiles –y buscando la manera de reforzarlos. No es malo tratar de corregir la impulsividad, la desorganización o la falta de concentración de tu hijo. De hecho, para los padres es importante hacerlo. Pero centraros demasiado en las limitaciones de tu hijo puede afectar a su autoestima.

Los niños a quienes continuamente se les llama vagos (o cosas peores) pueden llegar a desanimarse hasta el punto de no intentar hacer aquellas cosas que se les dan bien y les gustan –o ni siquiera darse cuenta de cuáles son. Como todo el mundo, los niños y niñas con TDAH tienen sus virtudes y sus aficiones. Pero les costará averiguar cuáles son si sus padres y profesores están siempre castigándoles y reprendiéndoles.

No se trata, según los expertos, de evitar criticar a tu hija, sino de compensar vuestras observaciones negativas con ánimos y elogios por lo que haga bien. “Las personas con TDAH mejoran sus posibilidades de éxito cuando se centran en sus talentos naturales –aquello en lo que habitualmente conseguir buenos resultados– y desarrollan un plan para hacer esos talentos aún más fuertes”, dice David Giwerc, entrenador de TDAH (y persona con TDAH) de Slingerlands, Nueva York. “No conozco a nadie que haya salido adelante tratando de eliminar sus debilidades. Pero tengo un montón de clientes, amigos, familiares y colegas que han madurado y salido adelante insistiendo en sus puntos fuertes”.

Lograr un equilibrio

Concéntrate en tus defectos: ése es el mensaje que Steve M. recibía mientras crecía con TDAH, en los años 1960. “Desde mi primer día de clase, me hicieron ver con claridad todas las cosas que no podía hacer”, dice. “No podía leer bien. No podía prestar atención. No podía quedarme quieto. Era muy impulsivo, y a veces agresivo. Mis maestros, e incluso mis amigos y familiares, pensaban que era un vago. Todo lo que los demás sabían sobre mí era lo que no sabía hacer”.

Después del bachillerato, Steve se matriculó en un módulo de Formación Profesional, pero fue pasando de un área a otra y terminó abandonando antes de obtener ningún título. Sus padres trataban de ayudarle a encontrar su camino. Pero en el fondo, dice, les veía decepcionados por su fracaso. Tras una serie de trabajos diversos, terminó confundido y furioso. “No podía conservar mi empleo porque me despistaba de las tareas con demasiada facilidad. Cometía errores tontos por no prestar atención a los detalles”.

Steve consultó a un psiquiatra, quien le diagnosticó de TDAH y le prescribió medicación. De repente, podía concentrarse. El médico le animó a evaluar sus intereses y fortalezas –y avanzar a partir de ahí. “Siempre me había gustado cocinar, pero nunca pensé que podría dedicarme a ello”, recuerda. Con ayuda de la terapia, reconoció que tenía una habilidad especial para idear recetas. Así que regresó al centro de Formación Profesional para estudiar Hostelería.

Ahora Steve y su esposa se ganan bien la vida como propietarios de una pizzería. “Me costó mucho tiempo identificar mis fortalezas”, dice. “Una vez lo hice, cambió la forma en que veía a mí mismo y me veían los demás. Sé que mis puntos fuertes están en el trato con la gente, no en los detalles del negocio. Me aseguro de disponer de buenos sistemas para que no se me olviden los detalles”. Ahora, Steve ayuda a su hijo de nueve años con TDAH a explorar diferentes campos de interés y encontrar sus propios talentos –y trata de evitarle los problemas con los que él tuvo que luchar.

Los padres como detectives

Una cosa es decir que las personas con TDAH deben centrarse en sus fortalezas y otra llevar a la práctica ese consejo. ¿Cómo pueden decir los padres lo que se le da bien a su hijo? Giwerc anima a los padres a ser detectives –prestar mucha atención a lo que el niño disfruta haciendo y le sale bien, y a todas las circunstancias que contribuyen a su éxito y felicidad.

“Tratad de determinar qué es lo que vuestros hijos parecen inclinados naturalmente a hacer y a qué sacan provecho. No es que anime a los padres a ignorar las debilidades del niño”, explica Giwerc. “Pero si vuestra hija llega a casa con las notas y son todo Sobresalientes y un Muy Deficiente, ¿en qué os vais a fijar? Probablemente, en el Muy Deficiente. Si es así, el mensaje que enviáis es que es más importante lo que se ha hecho mal que lo que ya se ha hecho bien”.

Algunos expertos dicen que este proceso de “descubrimiento” debe comenzar incluso antes de que el niño empiece a mostrar preferencias o habilidades especiales. “El primer paso es creer de verdad que vuestro hijo tiene fortalezas, que el éxito es posible, a pesar de –o a causa de– su TDAH”, dice Catherine Corman, de Brookline, Massachusetts, coautora de “Positively ADD” (“El TDAH en positivo”) y madre de unos trillizos adolescentes con TDAH. Ella dice que es de vital importancia que los padres presten atención a las cosas que interesan a sus hijos.

“Hablad con vuestra hija y averiguad lo que realmente le gusta hacer, incluso si no parece tener nada que ver con vuestra idea de éxito. Si a los niños con TDAH no se les enseña a concentrarse en sus fortalezas, será mucho más difícil de que sientan el éxito. “El libro de Corman narra la vida de personas con TDAH que encontraron el éxito en trabajos que van desde administrador de un instituto de bachillerato a asesor político. Según ella, lo único que todas estas personas tenían en común era que “sentían que se les permitía seguir sus puntos fuertes”.

Cómo dirigen las fortalezas una carrera

En algunos casos, los profesores serán los primeros en reconocer sus fortalezas. Eso ocurrió con Giwerc, cuya infancia estuvo marcada por una hiperactividad tan grave que rompía sillas sistemáticamente. La misma profesora de Tercero que le había expulsado de la escuela por su incapacidad para permanecer sentado, fue también la primera en darse cuenta de que era un atleta nato.

Él explotó esta habilidad, jugando al baloncesto en la universidad (donde se graduó cum laude) y consiguiendo un cinturón negro de karate con 40 años. Una década más tarde, sus ejercicios regulares (que suele practicar con música Motown) le ayudan a mantenerse centrado para dirigir su empresa de coaching. A menudo dirige reuniones corriendo sobre una cinta. Robert Tudisco es otra persona con TDAH cuyos puntos fuertes tardaron algún tiempo en aflorar. De pequeño, él sabía que era inteligente, pero nadie parecía darse cuenta. “Había más cosas en mi cabeza de las que los demás podían creer”, dice.

La comunicación escrita le resultaba especialmente problemática. Una vez, recuerda, una profesora llamó a sus padres para decirles que Robert a duras penas podía poner una frase por escrito. Y cuando conseguía escribir algo, resultaba ilegible. Por suerte, los profesores de Tudisco también advirtieron su talento para hablar en público. “Se pone de pie en clase y ya está”, recuerda que uno les dijo a sus padres.

Saber que era un buen orador le ayudó a decidirse a estudiar Derecho –algo que, según él, es “perfecto para una persona con TDAH”. Al salir de la facultad, trabajó en la oficina del fiscal de distrito. Le encantó, pero no le sorprendió, descubrir que su capacidad oratoria le hacía temible en la sala del tribunal. “Durante un juicio, las cosas pueden cambiar de repente”, dice. “Hay que reaccionar con rapidez. Yo era bueno en la sala. Era una estrella”.

Sus dificultades para llevar los trámites relacionados con sus casos apenas se notaban, porque la oficina del fiscal solía ser un caos. Años más tarde, sin embargo, cuando abrió su propio bufete en White Plains, Nueva York, esta debilidad se hizo dolorosamente patente. “De repente, yo era quien tenía que dirigir la oficina, llevar la cuenta del tiempo y organizarme”, dice. “Fue una pesadilla”.

Con el tiempo, encontró la manera de “sortear sus debilidades” y tener éxito en su despacho. Los medicamentos estimulantes le ayudan a mantenerse al día con el papeleo (aunque suele renunciar a la medicación durante los juicios, porque se siente más agudo sin ella). El teclado portátil le permite anotar sus ideas sin lápiz ni papel. Como Giwerc, Tudisco se dio cuenta de que es un procesador kinestésico. Como él mismo dice, “tengo que moverme para pensar.” A sus 42 años, Tudisco corre 20 millas cada semana –y hasta 60 cuando se entrena para correr una maratón, lo que lo hace al menos una vez al año.

Redefinir las diferencias

Ray Reinertsen, un profesor universitario que vive cerca de Duluth, Minnesota, dedicó años a un vano intento de corregir sus debilidades relacionadas con el TDAH: desorganización crónica e incapacidad para terminar las tareas. Hacía listas interminables (que a menudo olvidaba dónde había dejado) y configuraba sistemas de recompensa. (“Si termino esto, voy a recompensarme con aquello”).

Nada funcionaba. Le preocupaba constantemente el desorden de su despacho. Hace un par de años, un profesor especializado en ADHD le animó a dejar de lamentar sus puntos débiles y centrarse en sus altos niveles de energía y su empatía. Dejó de preocuparse por su despacho. Se dio cuenta de que estaba desordenado porque él tenía suficiente energía para tener en marcha varios proyectos a la vez. Y al “permitirse” pensar en las necesidades de sus alumnos, se convirtió en un profesor más dinámico e innovador.

“Soy consciente de que mis alumnos tienen diferentes formas de aprender”, dice. “Así que utilizo diferentes métodos para enseñar –visuales, auditivos, con ejercicios escritos…”. Sin esa empatía, dice, no sería tan eficaz.

Al igual que Steve M., Reinertsen piensa a menudo en cómo puede ayudar a su hijo con TDAH a reconocer y aprovechar al máximo sus capacidades. “Tenemos un niño al que han llamado vago y tonto”, dice. “Pero que tiene algunas habilidades reales”, como una capacidad atlética innata y una habilidad poco común para las matemáticas y la informática.

Pensamiento no convencional

Para muchas personas con TDAH, entre ellas David Neeleman, fundador y director ejecutivo de JetBlue Airways, la clave del éxito está simplemente en no ser convencional. Neeleman dice que su capacidad de “ver las cosas de otra manera” le llevó a desarrollar el sistema de billete electrónico que ahora utiliza toda la aviación comercial (y por el que es famoso). “Nadie había pensado en viajar sin billete”, dice. “Pero para mí, era algo obvio”.

El éxito le llegó tarde a Neeleman, en parte porque su TDA no fue diagnosticado hasta después de los treinta años. “Lo pasé mal en la escuela”, dice. “No podía estudiar ni deletrear, lo que tuvo un gran impacto en mi autoestima.” Pero darse cuenta de que piensa visualmente “me ayudó a entender cómo podría aprender mejor y, en el fondo, tener éxito.”

En última instancia, es responsabilidad de los padres ayudar a sus hijos a aprovechar al máximo sus capacidades –“fortalecer sus puntos fuertes”, como dice Giwerc. Según Tudisco, “No tengas miedo de intentar muchas cosas. Analiza lo que funciona y lo que no, y sé consciente de que las fortalezas pueden cambiar con el tiempo”.

 

 

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TDAH: rutinas y horarios para vuestra familia

ADDitude

Presentación original en inglés

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TDAH: Para salvar su matrimonio, acabaron con la Xbox. De un tiro

gina-pera-bio Eres tu soy yo

 

 

 

 

 

 

Escrito por Gina Pera
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

 Xbox
La Xbox, después de los disparos

 

De verdad. La cogieron y le pegaron un tiro. La foto de arriba es auténtica. A continuación, la esposa cuenta la historia, dándonos su personal visión sobre las complejas razones por las que algunos adultos con TDAH se enganchan a ciberadicciones.

Primero, algunos antecedentes

Hace unos diez años, anduve con un grupo de apoyo de “World of Warcraft” (para los cónyuges de los jugadores). Yo no sabía mucho sobre el juego. Mi marido (el cónyuge con TDAH en nuestro matrimonio) jugó un poco a “Starcraft”, hasta que le hice ver que eso le volvía mezquino como una serpiente. En realidad, tengo que decir que mientras jugaba estaba bien, pero en cuanto lo dejaba… ¡cuidado! Me recordaba al típico síndrome de abstinencia de un adicto. Afortunadamente, él estuvo de acuerdo y nos deshicimos de aquel trasto.

Pero la descripción que hacían las personas de aquel grupo de apoyo de los hábitos de juego de sus cónyuges, sonaba con seguridad a TDAH. ¿Querían oír hablar de esta posibilidad? Rotunda y vehementemente “¡No!”.

 

Por supuesto, no todos los que juegan compulsivamente a videojuegos y sufren efectos adversos tienen TDAH. Pero conocemos lo suficiente sobre el sistema de recompensa de la dopamina para saber que las personas con TDAH son más vulnerables a desarrollar adicciones de todo tipo, y esto incluye la electrónica y los juegos. Hablamos mucho sobre esto en el Grupo de Discusión sobre TDAH Adulto de Silicon Valley, que he co-moderado durante 10 años en CHADD del Norte de California (gratuito y abierto al público).

Por otra parte, las personas con TDAH también son más vulnerables al “escape” que ofrecen la electrónica y los juegos (ver este post anterior de Kevin Roberts, un adulto con TDAH que escribió el libro “CyberJunkies”).

Si el uso excesivo de videojuegos y aparatos electrónicos está erosionando vuestra relación, podría ser bueno que pensarais a fondo en ello.

Ahora, vayamos al relato de una amiga a quien llamaré Kate.

Por qué disparamos a la Xbox

Por Kate

Me sentó tan bien quitarme por fin los zapatos aquella mañana. Había sido un turno de noche especialmente largo en el hospital. Por mucho que adore mi trabajo de enfermera, pasar doce horas de pie me deja para el arrastre al llegar a casa.

Desde el garaje, rodeé la casa para entrar por la cocina a dejar las llaves del coche. Entonces lo vi: el siniestro resplandor parpadeante en el salón. No debería haberme sorprendido. Buscando el origen de la luz, le encontré. Justo donde le había dejado. Aquel brillo procedía de la pesadilla de mi existencia: la Xbox 360.

La Xbox empezó a ser un problema cuando aún no llevábamos un año casados. A mi marido se le daba demasiado bien. La velocidad a la que podría subir su puntuación en cualquier juego le resultaba tan gratificante que llegó a ser una adicción. Comenzó como un pasatiempo, pero se convirtió en una enfermedad.

Más adelante, descubrimos que sus síntomas –migrañas constantes, náuseas crónicas, dolores corporales parecidos a la gripe y síndrome de colon irritable –se debían, sobre todo a depresión y estrés postraumático (magnificados por su TDAH). Pero entonces no lo sabíamos. Pensábamos que sólo estaba enfermo.

¿Había que extirparle la vesícula? ¿Era celíaco? ¿Tenía alguna alergia? No lo sabíamos. Mientras seguían haciéndole pruebas, él sólo podía reunir energías para jugar a la Xbox. En realidad, se trataba de una afición que había tenido durante todo el bachillerato, pero que había abandonado para construir una “vida”: una carrera, una esposa, una familia.

Un marido de 6 estrellas de recién casados

Había sido un novio de 5 estrellas durante dos años y un marido de 6 estrellas cuando éramos unos recién casados. Se emocionó cuando supimos que esperábamos nuestra primera hija y hubiera ido hasta el fin del mundo por mimarnos al bebé y a mí. “Mis chicas” nos llamaba.

Recordándolo ahora, toda la “enfermedad” pareció surgir cuando las cosas empezaron a ponerse feas con sus padres y hermanos. Sus padres se estaban separando. Todos peleaban. Todo se caía a pedazos. Más tarde me enteré de que pasó su infancia luchando tenazmente para mantener unida a su familia; ahora le parecía que todos hacían pedazos el trabajo de su vida. Estaba completamente destrozado.

Los recuerdos y experiencias desagradables que había borrado durante años volvían a aparecer. Era demasiado para él. El estrés le enfermaba. Por supuesto, yo no podía saber todo eso. Sólo sabía que lo único que mi marido quería era la X-box. Esto provocó numerosas peleas y estaba poniendo una cuña entre nosotros. ¡Cuántas veces soñé con atropellar ese trasto con mi coche, o tirarlo por un acantilado! “The Halos”, “Skyrim”, “Black Ops” y ahora, “Destiny”.

Su “hobby” se había transformado en algo tan real y tan absorbente que yo a menudo temía perderle. Hora tras hora, día tras día… Lo que comenzó como un simple pasatiempo se había convertido para él en algo más importante que yo. Más importante que ver a nuestra hija crecer. Más importante que mantener su trabajo. Más importante que terminar sus estudios.

Ahora, la Xbox era lo más importante

Mientras tanto, yo me iba quedando físicamente exhausta y emocionalmente agotada. Yo trabajé. Yo pagaba las facturas. Yo limpiaba la casa. Yo cuidaba al bebé. Yo hacía la compra. Yo cocinaba. Yo apenas dormía. Pero, a veces, para él era más importante la Xbox que comer o dormir. Ésta era una de esas veces.

Al menos, Shawn había hecho un esfuerzo. Tomaba un antidepresivo ISRS para sus estados de ánimo y otra medicación para mantener a raya sus migrañas. Acababa de empezar de nuevo las clases (después de faltar durante dos semestres). Por fin habíamos conseguido que le diagnosticaran su TDAH. La medicación le estaba haciendo efecto y le ayudaba a concentrarse en clase. Por fin yo tenía una esperanza.

Esto hizo que mi decepción fuera aún mayor cuando llegué a casa aquella mañana y descubrí que se había pasado toda la noche jugando.

Me di cuenta de que no conseguiría dormir. El bebé se despertaría pronto y yo debería encargarme de cuidarlo. No es que él no se ofreciera. Sus intenciones siempre eran buenas, pero él no conseguía estar a su altura. Se dormía en el trabajo, el trabajo de cuidar de nuestro bebé. Yo lo sabía y él lo sabía. Así que le dejaba dormir desde el principio.

Así era mi vida. No dormir, no dormir, no dormir. Yo tenía la suerte de aprovechar dos horas mientras el bebé se echaba la siesta y quizá una hora más cuando mi marido se despertaba. Por supuesto, lo más probable es que durante esa hora pusiera “Frozen” para tenerla entretenida mientras él jugaba con la Xbox.

Todo eso es lo que yo suponía que volvería a suceder. Pero esta vez no fue así. Esta vez me sorprendió. Esta vez, hizo que el mundo fuera un lugar mejor para mí.

En mi consternación al llegar a casa y ver aquel resplandor parpadeante, clavé los codos y hundí la cabeza sobre el mostrador de la cocina. Traté de calcular si mi organismo admitiría más cafeína de la que ya había tomado en el trabajo. Normalmente, habría ido a hablar con él, le habría dicho que ya estaba en casa, tal vez le habría preguntado qué diablos hacía todavía jugando, pero estaba demasiado cansada. No tenía ánimos para discutir. Pensé que tal vez, con suerte, podría dormir una media hora antes de que nuestra hija se despertase.

Entonces, él la sorprendió

De repente oí que se apagaba la televisión. Él se acercó a saludarme.

“Hola, Bombón”, me dijo. Hacía tiempo que no me llamaba así.

“Hola”, le dije. “Todavía estás levantado”. Probablemente se me notaba el enfado.

“Sí. Estaba pensando”, dijo.

Hizo una pausa. “¿Sí?”, le solté.

“Este trasto [la Xbox] está echando a perder mi vida. Me olvido de todo, no hago las tareas de casa, siempre estamos enfadados… La voy a cazar”.

Lo último parecía no tener sentido. “¿A cazar?”

“Quiero meterle una bala a la maldita Xbox.”

No supe cómo responder. Por un momento, pensé que eran imaginaciones mías. ¿Con qué frecuencia me había imaginado a mí misma haciendo exactamente eso? ¿Cuántas veces me había dicho a mí misma exactamente lo que él me estaba diciendo? ¿Cuántas veces no me había escuchado él?

“Fijamos un día para llevarlo a cabo”

¡Para mi total sorpresa y felicidad, cumplió lo prometido! Pedimos a mi padre que nos prestara un par de escopetas. Fijamos un día para llevarlo a cabo. Me llevó a cenar. Fuimos con el coche a un lugar alejado en el monte. Disparamos ambos a la vez. Nunca he sentido tanto alivio como cuando aquel trasto saltó hecho pedazos.

Conservamos el disco duro, atravesado en el centro por un disparo, como recuerdo. La idea es montarlo en un expositor, junto con los casquillos de bala y la palabra “Vencida”.

Para mí, esto ha marcado el fin de una era desagradable y el comienzo de una nueva época brillante. Han pasado sólo dos semanas desde la ejecución, pero las cosas parecen ir hacia arriba.

Desde entonces, todos los días salimos con nuestra hija, en plan familiar. Disfrutamos incluso yendo juntos al supermercado o de paseo. Él siempre nos comenta cómo había olvidado la cantidad de tiempo que tiene en realidad el día y cuánto le sorprende que no se ponga el sol al poco tiempo de amanecer.

Me ayuda a limpiar la casa. Se ocupa del coche. Hace los recados. Se ha puesto al día con sus clases. Es puntual. Ha llegado a cambiar su número de teléfono, para que sus amigos de Xbox no puedan localizarle y reclutarle para jugar. “Sé que encontraría alguna manera, si la misión fuera lo bastante interesante”, me dijo.

Todavía nos queda mucho camino por recorrer; las cosas no cambian de la noche a la mañana. Esto ha sido el resultado de casi dos años buscando la medicación adecuada, pidiendo consejo a profesionales y dejándole lamentar la pérdida de su pasado, su familia y su diagnóstico. Lo más importante es que era él quien tenía que decidir por sí mismo que necesitaba un cambio.

Nada de lo que yo decía influía en él. Cuántas veces le amenacé con abandonarle. Le dije que no le necesitaba. Estaba tan harta que a menudo deseaba que se marchara. Pero más fuertes que la ira eran siempre las súplicas; a mí misma, a Dios para que nos concediera a ambos la fuerza para salir juntos de aquello.

Cuando yo estaba a punto de ceder y decidir que ya no podía vivir así, él tomó la decisión. Pero así son las cosas. Tenía que ser él quien cambiara la situación. No yo.

 

Muchísimas gracias a Kate por contarnos esta historia. Ambas esperamos que sea de utilidad a otras personas que estén en una situación parecida que tengan que “vencer”.

 ¿Qué hay de ti? ¿Influyen los videojuegos en vuestra relación? Y esa influencia, ¿es positiva o negativa en vuestra relación y en otros aspectos de la vida?

 

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TDAH y TND: Los juegos de la ira

Karen Barrow

¿Derrotados por el trastorno negativista desafiante de vuestro hijo?
Detened la locura –y los arrebatos violentos- con estas estrategias para el cambio.

Escrito por Karen Barrow
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

ADDitude
Los niños con TND muestran un patrón de conductas coléricas, violentas y disruptivas hacia sus padres, cuidadores y otras figuras con autoridad.

 

Manejo del TND: algunos consejos

1. “Di una palabra amable para contrarrestar un episodio de ira.”
2. “Grábale cuando está despotricando y haz que luego se escuche.”
3. “Un tercio de vigilancia, un tercio de constancia y un tercio de estructura y orden.”
4. “¡Disciplina! Deja de ser el mejor amigo de tu hijo con TND y empieza a educarle.”
5. “¡Mantén la calma! Cuando se esté desahogando, no alimentes el fuego.”
6. “Deja que se desahogue golpeando un cojín con un bastón de plástico hasta que haya soltado toda su rabia.”
7. “Tómate tu tiempo, no digas algo que luego lamentarás.”
8. “Contacta con otros padres que “entiendan” el TND. Cambiará vuestra vida por completo.”

Anne teme el despertar de cada mañana. Su hijo Sam, de nueve años, es impredecible. Algunas veces, sigue la rutina matinal. Otras veces, empieza a despotricar ante cualquier cosa –pedirle que se vista, hacer una parada no prevista camino del colegio, o decirle “No” cuando pide pizza para cenar.

“Nunca sé qué esperar de él cada día”, dice Anne, encargada de relaciones públicas de un Instituto de Secundaria independiente en Nueva Hampshire. “Se pone va a gritar y dar patadas cuando las cosas no van como él quiere.”

Sam fue diagnosticado de TDAH a los cinco años; esto explicaba algunas de sus dificultades en la escuela, pero no su temperamento agresivo y desafiante. No fue hasta el inicio de este curso cuando Anne buscó una ayuda adicional para el comportamiento de su hijo, que estaba resultando estresante para la familia. Su pediatra determinó que Sam sufría un Trastorno Negativista Desafiante (TND).

Reconoce el TND en tu hijo

Los niños con TND tienen un patrón de comportamientos coléricos, violentos y disruptivos hacia sus padres, cuidadores y otras figuras con autoridad. Antes de la pubertad, el TND es más común en los chicos, pero después tiene la misma incidencia en ambos sexos. Sam no es un caso único de doble diagnóstico de TDAH y TND; se estima que el 40 por ciento de los niños con TDAH tienen TND.

Todos los niños se portan mal y pone a prueba los límites cada cierto tiempo; el TND parece una conducta típica adolescente: discusiones, cólera y hostilidad. El primer paso para solucionar la conducta problemática de un niño es reconocer el TND. ¿Cómo puedes saber si tu hijo es tan sólo un niño o necesita ayuda profesional?

No existe una frontera clara entre un “desafío normal” y un TND, dice Ross W. Greene, Ph.D., profesor clínico asociado de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de Harvard y autor de “El niño insoportable”. La falta de criterios claros explica por qué los profesionales a menudo discrepan en cuanto al diagnóstico de TND de un niño.

Greene insiste en que es decisión de los padres cuándo pedir ayuda para un niño desafiante. “Si estáis luchando con la conducta de vuestro hijo y esta conducta está causando interacciones desagradables en casa o en la escuela, entonces es fácil que cumpláis los criterios para tener un problema”, dice Greene. “Y os aconsejo que busquéis ayuda profesional.”

Anne nunca había oído hablar del TND cuando llamó a una terapeuta cognitivo-conductual para hablar de estrategias para manejar el comportamiento errático de su hijo. Después de pasar algún tiempo en casa de la familia, observando a Sam y sus interacciones con su madre, la terapeuta vio signos de TND. “No sabía de qué estaba hablando”, dice Anne. La siguiente vez que fue con Sam al médico, Anne le preguntó si el TND podría explicar su conducta; el médico dijo que sí.

“Cuando pensé en ello, el diagnóstico tenía sentido”, dice Anne. “Nada de lo que utilicé con mi hija mayor –como la cuenta atrás antes de aplicarle un castigo– para controlar su conducta funcionó jamás con Sam.”

Otra madre, Jane Gazdag, contable en Nueva York, comenzó a notar un comportamiento preocupante en su hijo, Seamus Brady -que ahora tiene ocho años– cuando tenía cuatro. “Gritaba durante dos o tres horas por cualquier cosa”, dice Jane. “Luchaba contra todo.”

Cuando Jane se dio cuenta de que ya no le apetecía divertirse con su hijo -yendo por ejemplo a Manhattan a pasar el día- porque le resultaba demasiado estresante, sospechó que él podía tener un TND y habló de ello con su pediatra. Seamus fue diagnosticado de este trastorno.

Los signos de TND pueden verse en el comportamiento del niño hacia su cuidador principal. La conducta desafiante puede extenderse a otros cuidadores, profesores u otras figuras con autoridad, pero si se da en un niño con TDAH, el TND aparecerá dentro de los dos años de un diagnóstico de TDAH.

Si un niño empieza a ser desafiante, hay una forma fácil de saber si su comportamiento es consecuencia del TDAH o es un signo de TND. “El TDAH no supone un problema para comenzar una tarea, sino para terminarla”, dice Russell Barkley, Ph.D., profesor clínico de Psiquiatría y Pediatría en la Universidad Médica de Carolina del Sur. “Si un niño no inicia la tarea, entonces es por TND.”

El vínculo impulsivo/desafiante

Para entender por qué se da con tanta frecuencia el TND en niños con TDAH, debemos conocer las dos dimensiones del trastorno, sus componentes emocional y social, dice Barkley. La frustración, la impaciencia y la ira son parte del componente emocional. Las peleas y el desafío rotundo, del componente social.

La mayoría de los niños con TDAH son impulsivos; esto lleva al componente emocional del TND. “En las personas con TDAH, las emociones se expresan de forma inmediata, mientras que las demás son capaces de contener sus sentimientos”, dice Barkley. Por eso el pequeño subgrupo de niños con TDAH de tipo inatento es menos propenso a desarrollar TND. Los niños que tienen TDAH y una intensa impulsividad son proclives a presentar TND.

La ira y la frustración son difíciles de manejar en un niño con TND y TDAH, pero es el desafío lo que dispara el estrés familiar causado por el TND. Lo sorprendente es que los padres alimentan ese desafío. Si un padre se apresura a ceder en cuanto el niño tiene una rabieta, éste aprende que puede manipular las situaciones enfadándose y provocando una pelea. Este aspecto del TND es un comportamiento aprendido, que se puede desaprender mediante la terapia conductual.

Primero el TDAH, luego el TND

Antes de abordar el TND de un niño es importante controlar su TDAH. “Cuando reducimos la hiperactividad, la impulsividad y la inatención de un niño, quizás con la medicación, vemos una mejoría simultánea de la conducta negativista”, dice Greene.

Los estimulantes tradicionales son los fármacos de primera elección, ya que han demostrado disminuir los síntomas del TDAH, así como los del TND, hasta en un 50 por ciento, según más de 25 estudios publicados, dice William Dodson MD, especialista en el tratamiento del TDAH de Greenwood (Colorado). Los medicamentos no estimulantes también pueden ayudar. En un estudio, los investigadores descubrieron que la atomoxetina, el ingrediente activo de Strattera, reduce significativamente los síntomas de TND y TDAH. Los investigadores señalan en este estudio –publicado en la revista de la Academia Americana de Psiquiatría Infantil y Adolescente en marzo de 2005– que se necesitan dosis más altas de medicación para controlar los síntomas en los niños diagnosticados de ambos trastornos.

Strattera ayudó a Seamus a controlar sus emociones, lo que redujo la frecuencia e intensidad de sus rabietas. “Produjo un gran cambio”, dice Jane. En algunos casos, la medicación no es suficiente y, una vez que los síntomas del TDAH del niño están bajo control, toca afrontar la conducta causada por el TND.

Aunque hay pocas evidencias que demuestren la eficacia de cualquier tratamiento para el TND, la mayoría de los profesionales está de acuerdo en que la terapia conductual tiene el mayor potencial para ayudar. Hay muchas formas de terapia conductual, pero el criterio general es recompensar el buen comportamiento y aplicar consecuencias de forma coherente ante actos y comportamientos inapropiados.

Los programas de terapia conductual no empiezan con el niño, sino con el adulto. Dado que el niño con TND suele tener un cuidador que cede a las rabietas y conductas violentas o aplica castigos poco consistentes ante el mal comportamiento, el niño cree que portándose mal consigue lo que quiere. Por lo tanto, hay que enseñar a ese cuidador principal a responder eficazmente al niño con TND. Otra parte de la formación de los padres es averiguar si uno de los padres tiene un TDAH sin diagnosticar; un adulto afectado por el trastorno puede ser poco coherente al gestionar la conducta del niño.

Aplicar los castigos de forma sistemática es tan sólo parte de un programa de terapia conductual; los padres deben aprender a usar el refuerzo positivo cuando el niño se porta bien.

Atente a la terapia

Un terapeuta conductual trabaja conjuntamente con padres e hijos para reducir los comportamientos problemáticos. La lista de Anne la encabezaba el “¡Calla!” que su hijo le gritaba a cualquiera. Anne llevaba una hoja donde registraba el número de veces que su hijo lo gritaba cada día. Al acabar el día, Anne y su hijo miraban juntos el resultado. Si había cumplico el objetivo fijado para ese día, Sam conseguía una pequeña recompensa, un juguete o un rato de juego con la videoconsola. Día a día, Sam trataba de reducir el número de veces que decía “¡calla!” y Anne trataba de ser coherente en los castigos.

Todos los cuidadores del niño deben participar en el programa. Los abuelos, profesores, niñeras y otros adultos que pasan tiempo a solas con vuestro hijo deben entender que la necesidad de coherencia en la terapia conductual se extiende también a ellos.

“El TND tiene un efecto perjudicial sobre las relaciones y la comunicación entre niños y adultos”, dice Greene. “Queréis empezar a mejorar las cosas cuanto antes.”

Anne cree que su diligencia a la hora de actuar tendrá su recompensa. “Esperamos que todo el trabajo que hemos hecho le resulte algún día útil a Sam”, dice.

 

 

 

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Una mirada sesgada a los tres grupos de opiniones sobre el TDAH

Kelly Babcock

Escrito por Kelly Babcock
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

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Sé que circula por ahí un montón de información sobre el TDAH. Y parece haber tres grupos distintos, de acuerdo con lo que se ve en las redes sociales y en los medios de comunicación.

Esos tres grupos difieren mucho en su enfoque sobre la existencia real del TDAH.

Además, para complicar las cosas, hay una división de estos tres grupos. Cada uno de ellos está formado por personas que no tienen TDAH… y personas que sí tienen TDAH.

¿Y cuáles son esos tres grupos?

Los tres grupos son:

  1. Quienes creen que el TDAH es un trastorno del desarrollo cerebral real y válida
  2. Quienes creen que hay una causa ambiental para el TDAH tiene causas ambientales, e incluso puede tener cura
  3. Quienes creen que el TDAH es un fraude

Y en cada uno de ellos…

En el primer grupo hay personas con y sin TDAH. Las que tienen TDAH tratan constantemente de encontrar trucos y soluciones que les ayuden en la vida.

En el segundo grupo también hay personas con y sin TDAH. Quienes no lo tienen, si les damos el beneficio de la duda, creen seriamente que pueden ayudar a quienes lo tienen, ofreciéndoles consejo o tratamiento para evitar, remediar o curar el trastorno. Las personas con TDAH de este grupo buscan la varita mágica que lo haga desaparecer.

En el tercer grupo, podemos decir que se encuentran las personas más tristes y las más felices. Aquellas que no tienen TDAH y están decididas a refutar la creencia de que existe un trastorno así pueden ser felices en su ignorancia, pero me pregunto por qué han de tener razón en algo que, posiblemente, no les afecta de ninguna manera.

Pero…

También hay en este grupo personas que tienen TDAH, pero niegan rotundamente la veracidad de la existencia de este trastorno.

Y ¿son felices? ¿Son desgraciados? He conocido ambos casos.

Quienes se limitan a decir “no creo en el TDAH, ¿dónde se toma el mejor café en esta ciudad?” parecen bastante felices. Por mi parte, no les voy a privar de ello. No hay por qué tratar de modificar la percepción de alguien, sólo para cambiar una forma de vida con la que se sienten muy a gusto.

Pero me entristecen aquellos que tienen dificultades en la vida y siguen negando su existencia. Es como si creyeran que, si la negación de TDAH llegara a ser unánime, entonces sus problemas desaparecerían y ellos tendrían la vida que merecen.

Y aquellos que tienen TDAH y están convencidos de que no existe, hasta el punto de dedicar tiempo a tratar de convencer de ello a toda la gente posible… esos me preocupan.

No me preocupo por mí mismo. Estoy seguro de la validez de la abrumadora preponderancia de la investigación basada en la evidencia. Igual que estoy seguro de que la decepcionante falta de investigación basada en la evidencia que hay detrás de las teorías conspiratorias acabará por desmontarlas, en cuanto los grandes medios de comunicación dejen de darles un crédito que no merecen.

No, me preocupo por ellas, por las personas que, pese a sufrir los estragos de este trastorno traidor, siguen decididas a perpetuar estos mitos ridículos.

Y me preocupo por las víctimas de la mala información

Así que hago lo que puedo para presentar los hechos con claridad. No siempre lo consigo, en ocasiones soy muy tendencioso. Pero a veces creo que tener prejuicios contra los prejuicios hace, en realidad, que la pelea sea más equitativa. Y me sigo ateniendo a los hechos tal y como los conozco, tan sólo arrojo una luz sesgada sobre los más grandes. Lo siento.

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Lecciones inesperadas que aprendí del acoso (y que tú puedes aprender sin sufrirlo)

Rick Green Unexpected

Escrito por Rick Green
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

Se llamaba Charles Philip. Ese no era su verdadero nombre. Su verdadero nombre era Steve Markham. Eso tampoco es cierto. Su nombre no importa. No es que no quiera ponerle en evidencia; ni siquiera estoy seguro de que siga vivo. Es que él representa a todos los que alguna vez me han acosado, desde Tercero de Primaria hasta el verano pasado.

Fuimos a la misma clase durante varios cursos de Secundaria. Esto era mucho antes de que me diagnosticaran de TDAH, y yo iba a la clase de los que sacaban peores notas: una variopinta colección de auténticos gamberros, ovejas negras y unos pocos empollones que sacaban realmente malas notas; una mezcla tóxica de matones con cuatroojos torpes, asmáticos y enclenques listos para ser sus víctimas.

Yo vivía atemorizado por Charles y las burlas de la banda de los chulos. En aquel entonces los llamábamos macarras; se les reconocía por sus zapatos italianos de cuero negro para pelear (lo que llamaban ‘disparar la bota’ en una bronca). Estoy seguro que el miedo se veía por toda mi cara llena de acné. Y también en mis pantalones de pana beige, mi camisa de cuadros y mis Hush Puppies.

Lo peor fue el curso en que su taquilla estaba junto a la mía. Yo procuraba llegar temprano para guardar mi lógico abrigo y mis apropiadas botas de invierno. Al acabar el día, me quedaba un rato con los amigos (imaginaos el reparto de “The Big Bang Theory”) hasta que no había moros en la costa. Por suerte, Charles se saltaba clases a menudo y se juntaba con los machotes y las gamberras para ir a fumar a El Muro, al otro lado del patio.

En aquel tiempo, yo no era muy feliz que digamos en el instituto. Al recordarlo ahora, me parece todavía peor que entonces. Años de estrés, con baja autoestima, escondiéndome, pasándolo mal, deseando estar en otro lugar, escribiendo historias en mi mente, imaginando lugares a los que viajaría, chicas a las que enamoraría, cosas que inventaría…

Charles se marchó un año antes de que yo me graduara. No supe qué fue de él. Diez años después, un amigo común me habló de lo terrible que era su hogar. Drogas. La policía. Un padre en la cárcel.

Y 28 años más tarde, la llamada de un amigo: “Oye, ¿vas a ir a la Gran Reunión del Instituto? Es el 50 aniversario del centro”.

Flash Forward

Fui a la reunión, deseando encontrarme con los viejos amigos y ver a todas aquellas chicas a las que nunca me atreví a invitar a salir. Yo no tenía ni idea de dónde trabajaba o a qué se dedicaba ninguno de ellos. Pero había mucha gente que sí sabía de mí y de los programas que había hecho. Eso fue una especie de shock.

Fue una noche de sorpresas agradables y novedades agridulces. Como cuando una chica, a la que yo había olvidado por completo, me pidió mi información de contacto. Al escribir yo mi dirección de correo electrónico, gritó, “¡Todavía coges el lápiz de esa forma! ¡Y sigues sacando la lengua al escribir!” Demonios. ¿No había visto a esta mujer desde octavo y se acordaba de eso?

Luego vino un hombre pequeño, vestido como un proxeneta de cómic para adultos. “¡Hola! ¡¡¡Rick!!! ¿Te acuerdas de mí? ¡Charles Phillip! ¡Tenía mi taquilla junto a la tuya! Le digo a todo el mundo que te conozco… ”

Mil millones de pensamientos y sentimientos explotaron en mi cabeza –un momento especial en una noche llena de “¡Oh, Dios míos!”

Durante una millonésima de segundo, me sacudió el viejo temor. Entonces vi la expresión de su rostro: estaba deseando con todas sus fuerzas que yo le recordara. Queriendo ser reconocido. Y sin que se le pasara por la cabeza que yo pudiera verle más que como un viejo amigo que solía gastarme bromas sobre mi aspecto.

No contaré cómo fue la conversación. Eso importa poco. ¡Yo estaba como ausente casi todo el tiempo! En cambio, mi cerebro estaba experimentando un cambio radical, que tardó semanas en completarse. Mis miedos y mis viejas creencias sobre mí mismo afloraron a la superficie y explotaron como burbujas. La ira y el temor se evaporaron. Charlie el gángster, ése a quien yo imaginaba persiguiéndome con una navaja por simple diversión, resultó ser… un ser humano buscando ser aceptado. Tratando de caer bien. Necesitado. Igual que todos.

Si yo no hubiera salido en la televisión, Charles me habría olvidado sin duda, y estoy seguro de que había olvidado a los empollones que salían de clase detrás de él con la mirada baja o simulando estar absortos en sus propios pensamientos.

Pero todas esas chorradas que tenía en mi cabeza sobre ser acosado, ser un cobarde, ser el más débil de mi familia y otra docena de otras cosas que había imaginado, de repente me di cuenta de que eran puras fantasías. Pasaron cosas y yo les di el peor significado posible, convirtiendo cualquier asomo de “dato” en una prueba más de que yo era débil, cobarde, un perdedor…

Lo bastante

Os cuento esto porque he aprendido que todos pensamos cosas parecidas. Todas son, en el fondo, variaciones sobre el mismo tema: soy un tío raro. No encajo. No soy lo bastante bueno, lo bastante inteligente, lo bastante guapa, lo bastante alto, lo bastante varonil, lo bastante femenina…

Básicamente, “No soy lo bastante”. Lo bastante lo que sea que nos han dicho que debemos ser, si queremos salir adelante y ser felices.

Me miro a mí mismo. Miro a mi esposa. Miro a mis hijos. Miro a todos los expertos a quienes hemos entrevistado y a los miles de personas que visitan nuestra web cada semana, vienen a vernos en directo o se unen a nosotros en los seminarios web… y creo que todos y cada uno de nosotros somos lo bastante. Todos somos maravillosamente, únicamente diferentes. Y lo bastante.

Desde aquella reunión, he aprendido a fijarme en lo que hago bien. Me fijo en las cosas donde estoy seguro de que soy lo bastante ¡O quizá incluso más que lo bastante!

He aprendido a buscar mejores explicaciones. Porque, si te vas a inventar una serie de creencias, ¿por qué no elegir las buenas? Así, en lugar de “cobarde”, ¿qué tal “amable y pacífico”?

¿Vago? ¿Qué tal “prefiere desafíos grandes de verdad”?

¿Fracasado? Prueba “En el ambiente equivocado” (en este caso, el ambiente equivocado era la escuela; pero volveré sobre eso en un futuro blog).

Te invito a probar por ti mismo este cambio super-enriquecedor. Toma una creencia negativa que tengas sobre ti, y trata de replantearla, transformarla y ver su fortaleza en vez de su debilidad. Dale la vuelta, mira el lado positivo y pregúntate “qué pasaría si…” sobre esa visión limitadora. Si tienes alguna persona cercana con la que puedas trabajar, prueba a conversar con ella sobre esto. A veces resulta difícil ver las fortalezas uno mismo. No porque seas tonto, débil o fracasado, sino porque eres sensible, modesto y… humano.

¡Todos tenemos puntos flacos! El truco está en tratar de ver las cosas desde una perspectiva diferente y más poderosa.

Te lo digo yo… y también Charles.

 

 

 

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CUATRO COSITAS QUE PONEN COMO LOCO A MI CEREBRO TDAH

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Escrito por Rick Green
Publicado el 24 de febrero de 2015
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

Lo sé todo sobre el TDAH. Tú lo sabes todo sobre el TDAH. Todos lo sabemos TODO sobre el TDAH.

Más o menos.

Seamos sinceros. Dado que el TDAH todavía no es bien comprendido por la neurociencia, lo que tú y yo “sabemos” sobre el TDAH probablemente incluye suposiciones erróneas, clichés anticuados y algunas lagunas. Posiblemente algunas grandes lagunas.

Quiero decir que pasaron más de diez años desde que fui diagnosticado hasta que empecé a afrontar que mi particular cóctel de síntomas de TDAH incluía ser ‘demasiado’ sensible. (¡Qué vergüenza!)

¿Demasiado sensible emocionalmente? De acuerdo. Es cierto. (Si hay que describir el término “melodramático”, yo soy el ejemplo perfecto).

Pero cuando realizábamos nuestro video sobre Sensibilidad Emocional, los entrenadores, médicos e investigadores también nos hablaron de sensibilidades físicas. Sí, sensibilidades físicas. O sea, de tus cinco sentidos. Los cuales son, sin orden concreto, vista, oído, tacto, olfato y mmm… ¿sensibilidad? No, eso es tacto. ¡Ah, sí!, gusto. Es que yo como tan rápido que no presto mucha atención al gusto.

Aprender que la “falta de regulación de las emociones” podía ser un problema para mí fue como una pequeña revelación; sin embargo, la “sobrecarga sensorial” era algo que ni me imaginaba. Lo cual tenía su gracia, ya que el tema había surgido en nuestro documental “TDAH ¿¡Me encanta!?” y ocupó un capítulo entero de nuestro libro “El TDAH me robó las llaves del coche”.

¿Por qué no me había dado cuenta?

MI ATENCIÓN ESTABA EN MI ATENCIÓN

¿Cuál era la razón para no darme cuenta de que mi hipersensibilidad a los estímulos físicos? ¡Que yo había nacido así! Esto era lo normal para mí, y suponía que la vida era algo dramático y tumultuoso para todos.

Pero había otra razón… Básicamente, yo estaba demasiado ocupado bregando con mis otros síntomas de TDAH: distraibilidad, procrastinación, exceso de compromisos, pérdida de objetos, incapacidad de terminar tareas (tareas que podían ser escribir un guion para la televisión de 30 páginas o simplemente llenar el lavavajillas).

Pero ahora el agobio, la hipersensibilidad y la emotividad parecen estar de actualidad. El gran libro del Dr. Thomas Brown “Listo pero atascado” y el último de Terry Matlen “Las reinas de la distracción” profundizan en este tema. Y cada vez más expertos de los que entrevistamos quieren hablar de ello. Y para mi sorpresa, mucho de lo que dicen me resulta conocido.

NO ES QUE YO SEA UN TIPO RARO. ES MI FORMA DE FUNCIONAR

He aquí cuatro fenómenos esotéricos que muestran cómo puede aparecer la “hipersensibilidad a estímulos físicos” en la vida diaria:

1. Puedo escuchar una conversación a tres mesas de distancia… y desconectar de la de mi mesa.

¿Cuántos adultos TDAH se han hecho una audiometría, convencidos de que están perdiendo el oído por haber acudido a todos aquellos conciertos de Black Sabbath, y les han dicho que tienen un oído perfecto?

El caso es que la incapacidad para filtrar entornos ruidosos y seguir una conversación puede no ser un problema del tímpano, sino de la forma en que el cerebro procesa y filtra los sonidos. Las personas con TDAH pueden tener problemas para escuchar en ambientes ruidosos.

Como nos decía Terry Matlen, autora de “Las reinas de la distracción”, si está tratando de conversar con una persona, “en cuanto hay otras dos personas en la habitación, no puedo eliminar el ruido de la otra conversación.”

Puede resultar difícil de entender para quienes nos rodean. Por ejemplo, si alguien tiene música o el televisor encendido al fondo, no puedo dejar de escucharlo. Y eso me inquieta cada vez más. Sin embargo… poner música o un programa que me guste, uno que yo elija, me ayuda a concentrarme.

2. Alguien dice ¡Uh! Yo oigo ¡¡¡UUUUUUUH!!!

Esta es una hipersensibilidad clásica a las emociones. Yo nunca veo películas de terror. Ya lo sé, “es sólo una película.” Sé que a vosotros os parece divertido que te asusten, pero yo seguiré viendo a ese alienígena surgir de improviso rugiendo hasta el día que me muera (¡que estuvo a punto de ser cuando lo vi la primera vez!)

3. ¡No soporto la playa!

Este es un ejemplo de sensibilidad física. Y no estoy hablando de que la arena se abra camino hacia algún rincón sensible. En mi caso, basta con tener arena mojada en mis pies o pantorrillas para sentirme como si estuviera cubierto de hormigas – ¡miles de hormigas! – cada una llevando un trocito de papel de lija.

Así que cuando voy a la playa, me quedo en la toalla. O sentado en una hamaca. O mejor aún, en una hamaca de la piscina. O, incluso mejor dentro, en el sofá, leyendo.

4. Etiqueta, ¡tú LA llevas!

 Así se ve.

 

 

 

Así se siente.

 

 

 

Sí, ya sé que esa pequeña etiqueta de Levi’s es de tela. Soy consciente de que no es un pedazo de aluminio dentado al rojo vivo. Pero os aseguro que, para mí, es como si lo fuera. Para otros pueden serlo ciertos tejidos. O las prendas de cuello alto. O las corbatas.

Esa es también la razón de que compremos diez pares de las cosas con que estamos a gusto, sin saber por qué. Si no consigues llegar a entender que “sólo me pongo pijamas de franela porque todos los demás me ponen de los nervios”, aprenderás a encontrar razones. Un estudio de la Universidad de Memphis descubrió que los adultos con TDAH puntuaban más alto en 11 pruebas estándar de creatividad que sus iguales. Así que, cuando no podemos explicar lo que pasa… le echamos imaginación.

Este es otro aspecto del TDAH: puede que no estemos en total sintonía con nuestras emociones y sentimientos. Cuando la vida es una constante distracción en la que corres de una idea a otra, no dispones de ninguna pausa para valorar, reflexionar y hacer balance (es la razón por la que la meditación puede resultar tan eficaz para los adultos con TDAH).

¡EL CONOCIMIENTO ES EL REY!

En el pasado, tenía un método simple para tratar estos problemas. Evitaba cuidadosamente las situaciones que pudieran suponer un problema, a menudo de forma inconsciente. Eso no es raro: una de las formas de los adultos con TDAH para manejar sus problemas es simplemente evitar provocarlos.

“Yo no doy fiestas.” “Yo sólo llevo ropa de algodón.” “Yo trabajo en casa, donde hay silencio.”

Si alguien sugiriera un viaje a la playa, yo tendría una vaga sensación de “¡Uf!” Entonces encontraría razones que sonasen lógicas para los demás y para mí. “La playa es aburrida”, o “me preocupa el cáncer de piel” (ambas son reales… hasta cierto punto). Pero decir “La idea de tocar arena me pone de los nervios” suena, digamos, a locura. Incluso para mí.

Había alimentos que evitaba porque eran como cuando pasas las uñas por la pizarra. O en mi caso, aceitunas por la lengua. “No es algo que me guste mucho” era mi manera de decir “¡Qué asco! ¡Qué asco! ¡Qué asco! ” en medio de fuertes escalofríos.

Ahora que sé que es un problema, noto más y más ejemplos. Conozco a un montón de chicos a quienes no les gusta usar corbata, pero yo siento como si me ahogara. ¿Y las etiquetas de la ropa? Cuando encargamos camisetas sobre TDAH de mujer para nuestra tienda, encontramos unas que no llevaban etiqueta. ¡Perfectas!

Esta es la moraleja de la historia, al menos para mí…

Si tienes TDAH y no habías pensado en este tipo de cuestiones, puede que estés pensando, “¡Dios mío! ¡Por eso todo el mundo me llama melodramático! ¡Por eso no soporto las películas de miedo! Por eso una mala noticia me puede arruinar la semana. Bueno, no toda la semana. Pero durante unos minutos estoy hecho polvo. Entonces veo una buena noticia y me echo a llorar de alegría, gritando: “¡Qué maravilloso es el mundo!” Y luego se me pasa y me voy a tomar un helado”.

La conclusión fundamental es que… es bueno darse cuenta. Porque entonces puedes hacer algo.

Y dicho esto… ¡Un helado!

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