TDAH: decir NO

Kelly Babcock

Escrito por Kelly Babcock
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

NO

Tengo un problema: no sé decir que no. Cuando alguien me pide que haga algo, siento que el mundo se hundiría si digo que no.

He pensado sobre ello, claro. Creo que podría ser, en parte, por culpa del TDAH. Entre la procrastinación y la distracción, he decepcionado a un montón de gente.

Entre esos dos sabuesos infernales del TDAH, he defraudado a padres, abuelos, hermanos, novias, mi esposa, su familia, sobrinos y sobrinas y mascotas. Si hubiera tenido hijos, estoy seguro de que también estarían en esta lista.

El círculo de la culpa

Y a cuenta de eso, me veo buscando la menor oportunidad de redención. Y una oportunidad de redimirse por ser responsable de alguna tarea requiere, lo primero, responsabilizarse de esa tarea.

En otras palabras, uno debe aceptar hacerse cargo de un trabajo. Uno debe decir sí.

Pero ¿debe uno hacerlo?

En realidad, uno debe aprender cuándo no debe. ¿De verdad debe? Sí, sí que debe.

Pero aún no he aprendido del todo a hacerlo. Sigo cargando con más responsabilidades. Y trato de hacer las tareas bien. Y normalmente lo consigo.

Pero abarcar demasiadas cosas produce dos efectos negativos.

Uno de ellos consiste en no hacer esa tarea del todo bien. Sea por la procrastinación y la falta de tiempo, o por la distracción – que básicamente tiene el mismo efecto – algunas tareas no se acaban bien.

Como consecuencia, me siento tan culpable por no hacerlo bien que cargo con más tareas para compensar el fracaso. Siento que estoy en deuda.

El otro efecto negativo es que no consigo hacer mis propias tareas. Esto me hace sentirme inútil y me lleva a intentar demostrar que no lo soy. Quiero decir, que no es verdad, que asumir demasiadas cosas no es lo mismo que ser incapaz, pero me queda una sensación de haberme sobrevalorado a mí mismo y a mis habilidades cada vez que no llevo a cabo algo que había aceptado hacer.

¿Cómo se me aplica esto a mí?

Pues ahora mismo ando en problemas con esta situación. Tengo aún que terminar un par de tareas para poder lanzarme a mi nuevo proyecto vital: vender mi casa y reubicar mi vida.

Se supone que esas tareas debían estar ya terminadas, pero una tenía que hacerla esta semana; la otra, es que no se va a terminar.

De hecho, cada vez que acabo con lo que me han encargado y creo haber terminado, aparecen una o dos tareas más.

O tengo un trabajo que hacer, al que se le añaden más cosas. El viernes tenía que colgar unos armarios de cocina y colocar otros dos elementos bajo un mostrador. Antes de que acabara, el que manda decidió que añadiera puertas a un espacio que quedaba entre ellos y pusiera baldas en su interior.

Para hacerlo más entretenido, el lugar de la obra es una zona limpia, así que había que hacer todos los cortes y taladros en un edificio al otro lado de la calle. Un trabajo que debería durar media hora me costó cinco. No fue por culpa mía y, sin embargo, me sentí responsable.

¡Pero se acabó!

¿Van a seguir así las cosas? ¡Eso sí que NO! (¿Ves? Ya empiezo a cogerle el truco).

Y esta misma semana voy a tratar de aprender a decir no.

…en cuanto termine con esto que estoy haciendo.

psychcentral 20 years

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TDAH – A Moda do s.XXI “Hiperactividade e déficit de atención”

Un título provocador para una serie de charlas apasionantes.

¡Gracias, Javier, Lucía y Emilio!

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Promesas, promesas: por qué las incumplía y cómo las cumplo

Cuando me costó tres años reparar una casa de muñecas para mi hija pequeña, decidí no volver a decepcionarla.

Family guy

Del blog Family Guy. Escrito por Douglas Cootey
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

Douglas Cootey

De todos los aspectos negativos del TDAH, el peor para mí es la larga lista de promesas incumplidas que he hecho a mis hijas. “Te voy a dar una clase de arte. Te llevaré a un viaje. Lo buscaré para ti. Arreglaré ese juguete”. No es que incumpla mis promesas adrede, pero la vida pasa, estamos atareados y las cosas que siempre quería hacer van quedando arrinconadas y olvidadas. Mi proyecto olvidado más reciente es la casa de muñecas. Es una hermosa casa de muñecas de madera hecha a mano, con paredes pintadas, una azotea y moqueta en todas las habitaciones – como la de la casa de los abuelos de mi hija. Compré la casa de muñecas hace años para mis dos hijas mayores, que ya han abandonado las Barbies por los novios. Ahora la pequeña quiere jugar con ella, pero hay un problema.

Después de ser utilizada con cariño durante años, la casa de muñecas necesita algunos cuidados. Un patio perdió la valla, las paredes pintadas están rayadas y sucias y la azotea negra y rugosa está desgastada. Hay que limar las esquinas. Cuando me mudé a mi nuevo apartamento, después del divorcio, la casa de muñecas iba a ser el primer proyecto que hiciera para la primera Navidad – y para cada Navidad desde entonces. Han pasado ya tres navidades y a esa pobre casa de muñecas no le queda menos para estar terminada.

Todo el mundo ha pospuesto la realización de algún proyecto. Por lo general, se trata de proyectos grandes y difíciles de manejar, como garajes y trasteros desordenados o siete cajas de recetas desordenadas de la Bisabuela que aguardan tu atención. Por desgracia, la procrastinación es un rasgo característico del TDAH. Procrastinamos tanto que acumulamos sobre nosotros proyectos inconclusos como percebes hasta que todos se enteran. Llegamos a ser tan buenos procrastinando que a menudo los grandes proyectos no tienen ninguna posibilidad con nosotros, porque ya hay demasiados proyectos pequeños en los que no trabajamos. Sin embargo, hay una forma de evitar que el TDAH nos impida llevar a cabo lo que tenemos que hacer.

1) Haz de ello una meta

Los grandes proyectos nos abruman. No sé tú, pero yo, cuando miro a algo como esa casa de muñecas, me agobio por todo el trabajo que hay que hacer. ¿Por dónde empiezo? ¿Tengo tiempo para hacerlo hoy? ¿No tenía otra cosa que hacer? El primer paso es decidirme a terminar el proyecto: considerarlo algo importante; de lo contrario, nunca lo será. El deseo de terminar la casa de muñecas antes de que mi hija pequeña deje de jugar con muñecas es una gran motivación para mí.

2) Divídelo en pasos

El siguiente paso para hacer frente a un gran proyecto es escribir todos los pequeños pasos que se necesitan para completarlo. Para mí, éste es el aspecto del proyecto que me desborda. Dividirlo me ayuda a entenderlo mejor y a tenerle menos miedo.

3) Prográmalo

Ahora que tienes el proyecto dividido en pasos pequeños, puedes encajarlos aquí y allá en tu horario. En lugar de “pintar la casa,” tienes que “pintar la puerta.” Eso sólo cuesta una hora. Los sábados tengo tiempo para trabajar en la casa de muñecas, así que puedo relajarme porque sé que el siguiente paso no se comerá todo mi fin de semana.

En cuanto pongo en práctica estos tres pasos, consigo hacer los proyectos. Si veo que una tarea está acabando conmigo, es porque no me he tomado tiempo de entender el proyecto y dividirlo en pasos. Motivación. Preparación. Acción. Así es como incluso los adultos con TDAH consiguen hacer las cosas.

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El divorcio al estilo TDAH

No es el TDAH quien arruina los matrimonios, sino las personas.

Escrito por Kate Hurley
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

ADDitude

Estuve casada dieciséis años con Adam, un hombre con Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH); nuestros tres hijos también lo tienen. Tuvo que ser uno de esos niños quien me demostrara que no es el TDAH lo que hace naufragar un matrimonio. Es que personas como mi marido decidan o no esforzarse por manejar sus síntomas.

Nadie reconoció el TDAH de Adam hasta que nuestro hijo mayor fue diagnosticado, con tres años. Para entonces, yo estaba desbordada. Mi trabajo era tan exigente como el de Adam, pero al volver a casa, él no hacía casi nada. No pagaba facturas, no cocinaba, no limpiaba, no ayudaba a hacer los deberes ni acostaba a los niños.

¿Podía mi marido cambiar?

Cuando buscamos ayuda profesional, yo era una treintañera llorona con un niño de cuatro años con TDAH y otro de dos años que también parecía tenerlo. Aun así, las palabras del terapeuta eran reconfortantes: cada una de nuestras vidas es como un aeropuerto muy concurrido, explicó, y yo estaba gestionando demasiado tráfico. Era por eso por lo que nuestro matrimonio no funcionaba.

Estaba en lo cierto. Yo estaba gestionando mi propio aeropuerto y los de mis hijos, mientras hacía que funcionara el de mi marido – el ir y venir, la limpieza, la organización de su vida personal y financiera. Nuestro terapeuta le leyó la cartilla a Adam: si no ponía su vida en orden, toda la familia se estrellaría.

Pese a la conclusión negativa de la metáfora, me sentí esperanzada. Yo quería a Adam. Si seguíamos las instrucciones del terapeuta, teníamos un matrimonio mejor a nuestro alcance.

Sin embargo, eso nunca sucedió. Tenía tantas ganas de que las cosas salieran adelante, que lo intenté durante diez años. Adam también quería que nuestro matrimonio saliera bien. Quería estar a la altura de sus responsabilidades. Lo que no podía hacer era cambiar. No quería tener que acordarse de tomar la medicación, o estar pendiente de renovar sus recetas. Me di cuenta de que, en el fondo, Adam no quería madurar.

El momento crítico

Un día encontré a nuestro hijo de nueve años escribiendo febrilmente un montón de post-it. “Estoy tratando de escribir todo lo que se supone que papá tiene que hacer hoy. Si se los pego en la camisa, quizá se acuerde”.

Lo lamenté aquella noche. Mi hijo es una persona leal, como yo. Pero él se merecía el lujo de dedicar sus pensamientos al baloncesto, no a mantener a su padre en el buen camino.

El final llegó cuando le pedí a Adam que llevara a nuestra hija de seis años a su clase de ballet y la recogiera tres días en una semana. En su descargo, tengo que reconocer que fue capaz de dejarla allí a las 6:30. Pero se olvidó de recogerla a las 7:30 todos los días, a pesar de que yo se lo recordaba cada mañana. Finalmente, tuve que aceptar que él no iba a cambiar. Cuando le propuse separarnos, Adam se quedó desolado y perplejo.

La moraleja

Una amiga trató de hacerme cambiar de opinión. Le dije que mirara a mis hijos. Ellos también tienen TDAH. Pero, a diferencia de su padre, que eligió caer de bruces, ellos hicieron lo necesario para llegar a ser adultos responsables.

No es el TDAH lo que destruye matrimonios. Quien que produce el daño es la persona que no se enfronta a su diagnóstico, no se compromete con su medicación y no se responsabiliza de sí misma. Si no nos hacemos cargo de nuestras vidas, las personas más cercanas a nosotros sufren.

Hace cuatro años, me diagnosticaron hipertensión y tuve que tomar medicación para bajarla. En aquel momento eché la culpa a la tensión causada por la negativa de Adam a reconocer y manejar su TDAH. Él se lo tomó a risa.

Ahora soy yo quien se ríe. Mi tensión arterial se normalizó a los diez días de nuestro divorcio y ha sido normal desde entonces. Los medicamentos están ahora en la basura, donde deberían haber estado hace una década.

 

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TDAH: A mamá le gusta mantener la calma

mom is the word

Por fin he aprendido a no hacer un drama cuando mi hija con TDAH lo provoca.

Jennifer Gay Summers

Del blog Mom Is the Word escrito por Jennifer Gay Summers
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

 ADDitude

Después de un largo día de colegio, Lee suele abrir la puerta del coche de un tirón y lanzar su mochila al interior. Después salta a su asiento y grita: “¡Vámonos! ¡Deprisa!” Así que, un lunes por la tarde, cuando se montó en silencio, con la mochila en su regazo, supe que algo andaba mal.

“¿Estás bien?”, le pregunté, mientras salíamos del aparcamiento.

Guardó silencio durante un minuto. Luego dijo: “No hagas un drama, ¿vale? Me han puesto un Suficiente en el examen de Ciencias. He tenido mucha suerte de sacar esa nota. Pensaba que me iban a suspender. Así que vamos a conformarnos con el Suficiente”.

¿No es fantástico que te lancen tus propias palabras? Cuando Lee se sentía frustrada y cedía a estallidos de emoción y actuaba de forma desproporcionada, yo solía decirle, “No hagas dramas”. Ahora ella me lo estaba devolviendo.

Sentí cómo subía la presión, mientras me venían a la mente las preguntas estúpidas de costumbre. “¿No te acordaste de estudiar anoche?” Por supuesto que no. Lee, como otros niños con TDAH, necesita recordatorios para refrescar su memoria de trabajo, y yo me había olvidado de proporcionárselo.

O “¿Cuántas veces te he dicho que saques la agenda de los deberes y mires si tienes algún examen?” Los niños con TDAH necesitan construir confianza en sí mismos, y esa pregunta es una forma segura de pisotearla.

O “¿En qué pensabas cuando jugabas con el ordenador en lugar de hacer los deberes?” Eso es lo que hacen los niños con TDAH: seguir sus impulsos, sobre todo cuando se hiperconcentran.

Ahora puedo parecer tranquila y relajada, pero muchas veces he reaccionado de una forma exagerada. Toqué fondo en tercer curso, cuando Lee se negó a hacer los deberes conmigo porque, como ella gritó: “¡Tú no tienes ni idea!”.

Grité como una niña de tres años y actué como tal. Saqué las viejas cartas de agradecimiento que había conservado de mis antiguos alumnos, cuando era profesora de Instituto. Me avergüenza decir que le leí todas y cada una de ellas para tratar de demostrarle que yo podía ayudarla con sus deberes. Terminamos llorando.

Con los años, aprendí a mantenerme firme cuando Lee tenía un arrebato de mal genio, a base de tranquilizarme y respirar profundamente. Lo que mejor me funcionaba era pensar sobre la conducta que había causado mi reacción. Eso me daba algo de tiempo para que mi tensión arterial bajara, mi corazón dejara de latir tan rápidamente y yo me sosegara.

Volviendo al coche, solté un suspiro y dije: “Lee, ¿has pensado en alguna estrategia para los próximos exámenes?”

“Sí, mamá. Me aseguraré de no volver a olvidarme ningún día de mirar mis deberes de Ciencias. Gracias por no ponerte furiosa”.

Sin que Lee se diera cuenta, la presión fue escapando lentamente de mis oídos.

 

 

 

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TDAH: Deja de decir a tu hijo que actúe según su edad

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Fomenta la autoestima de tu hijo, valorando su conducta de acuerdo a su “edad TDAH”, no a su edad real.

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Del blog Boy Without Instructions (“Un chico sin manual de instrucciones”)
Escrito por Penny Williams
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

Muchos expertos y padres se refieren al TDAH como un trastorno conductual o neuroconductual, pero es fundamental admitir que se trata también de un trastorno del desarrollo.

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Imagen: Jeff Duckworth

La Ley de 2000 sobre Asistencia y Derechos para las Discapacidades del Desarrollo (EE.UU.) define Trastorno del Desarrollo como una discapacidad crónica atribuible a una deficiencia física o mental (cumple) que comienza en la infancia (cumple), es probable que continúe indefinidamente (cumple) y produce sustanciales limitaciones funcionales, al menos en tres de los siguientes campos: cuidado personal (sí), lenguaje receptivo y expresivo (sí), aprendizaje (rotundamente, sí), movilidad, autonomía (sí), capacidad de vivir de forma independiente o autosuficiencia económica (posiblemente). Esto, amigos, puede ser también una definición del TDAH.

Puede que os estéis preguntando, “¿Realmente importa a qué llamamos TDAH, Penny?” No es que “importe”, pero darse cuenta de que se trata de una discapacidad del desarrollo da a los padres la perspectiva adecuada para poner en marcha estrategias apropiadas para el TDAH. Todos podremos utilizar alguna.

Pensad en el término “discapacidad del desarrollo”. Significa que, si mi hijo de doce años tiene una discapacidad del desarrollo (él tiene varias), su desarrollo no ha alcanzado el nivel de los doce años, sino que va retrasado. Los niños con TDAH van a menudo dos o tres años por detrás de sus compañeros en grado de madurez y desarrollo de habilidades. En el caso de mi hijo, eso significa que el niño al que estoy educando tiene nueve años, o tal vez diez, pero no doce. Lo cual requiere un enfoque diferente.

A los padres a menudo nos molesta que nuestro hijo con TDAH no “se comporte conforme a su edad”. Es que no puede. Aún no la tiene. Los padres debemos ajustar nuestras expectativas y la escala que utilizamos para medir el comportamiento de nuestro hijo, sus habilidades sociales y su regulación emocional. Si no lo hacemos, nosotros siempre quedaremos decepcionados y nuestro hijo siempre sentirá que no puede hacer bien las cosas.

Mi hijo Ricochet tiene TDAH, Trastorno del Procesamiento Sensorial, disgrafía, Trastorno de la Expresión Escrita, déficits de las funciones ejecutivas y altas capacidades intelectuales. A menudo es demasiado emotivo. Llora por cosas que normalmente no harían soltar una lágrima a un chico de doce años, o estalla de frustración por una cuestión que a la mayoría de niños de esa edad le traería sin cuidado. Si me fijo sólo en la edad de Ricochet, su conducta parece pueril. Pero si vuelvo a calibrar mi patrón según una escala TDAH, veré que su grado de madurez es el de un niño de nueve años. De pronto, su conducta parece más adecuada.

Este nuevo patrón es una herramienta útil para determinar las consecuencias y castigos apropiados para un niño con TDAH, algo con lo que tiene que lidiar la mayoría de los padres, yo incluida. No queremos castigar a nuestro hijo por algo relacionado con su discapacidad. Sin embargo, tampoco queremos pasar por alto la mala conducta. Aunque a Ricochet le resulte difícil alcanzar el estándar de sus doce años, yo tengo que enseñarle las habilidades necesarias para comportarse como la sociedad espera que lo haga.

Con este nuevo criterio, puedo establecer con mayor precisión si una conducta errónea es correcta para mi hijo. Así puedo determinar la mejor forma de actuar. Si no es algo que a los nueve años tendría que saber que no se hace, entonces hablamos de lo que ha pasado, de por qué ha pasado y de cómo tiene que cambiar su reacción la próxima vez (modificación de la conducta). Si se trata de algo que un niño de nueve años sabe que no debe hacer o que puede controlar, entonces es probable que reciba una consecuencia o un castigo.

¿Es más fácil decirlo que hacerlo? Por supuesto. Es difícil de hacer, pero es fundamental para vuestro éxito como padres y para la autoestima de vuestro hijo. Por lo tanto, siéntate a considerar la edad de desarrollo de tu hijo a la luz de su TDAH, redefine tus expectativas y aplica a tu hijo la vara de medir adecuada.

 

 

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¿Yo? ¿TDAH? ¡No me j…!

Rick Green

Escrito por Rick Green
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

El año pasado hicimos una encuesta durante uno de nuestros seminarios web. Preguntamos: “¿Cuáles son las mayores cuestiones que quieres que tratemos?” ¿Cuál era la primera? La procrastinación. Ninguna sorpresa.

Y llevamos tiempo trabajando en un vídeo sobre procrastinación (Puedes hacer aquí tu propia broma sobre procrastinación).

¿La segunda cuestión? El tornado de emociones que se desencadena al recibir, tú o un ser querido, el diagnóstico de TDAH.

Hemos preguntado a gran cantidad de expertos acerca de esta furiosa sucesión de sentimientos que lanzan en picado a una mente de por sí acelerada. Y, vaya, tenemos algunas historias que contarte.

“¿ME ESTÁS TOMANDO EL PELO? DEBES DE ESTAR DE BROMA”

Probablemente tú tienes tu propia historia. ¿Te acuerdas de cuando empezaste tu camino hacia el diagnóstico? Tal vez tu médico te preguntó: “¿Has pensado alguna vez que podrías tener TDAH?”

O un amigo te pidió que no te lo tomaras a broma. “Va en serio. Lo he leído. Eso explicaría muchas cosas”.

Tal vez estabas esperando en la peluquería, hojeando una revista en la que había un test muy divertido. Y aquel test tan divertido te dejó hecho polvo.

O, como yo, quizá estabas revisando los resultados de unas pruebas que la escuela indicó que podrían ser buenas para tu hijo. Las pruebas indicaban Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad. Al leer la lista de los síntomas, vi que parecía mi propia historia – incluyendo todos los boletines de notas que me habían dado.

¿Recuerdas el torbellino salvaje de emociones de aquellos primeros días?

ATRAPADO EN UN TORNADO – Y ALCANZADO POR UN RAYO

Cuando estrenamos nuestro documental “ADD & Loving It?!”, uno de los primeros emails que recibimos era de un espectador que había decidido grabar el programa porque, según dijo, “siempre pensé que podría tener algo de eso del TDA”. Cuando llegó a casa a la una de la madrugada, después de trabajar en el último turno, “me puse a ver cinco minutillos… Cuatro horas más tarde, por fin vi terminar el programa”.

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ADD & Loving It?!” dura una hora.

Él explicaba: “Me costó cuatro horas porque tenía que parar y rebobinar constantemente, porque mi propio llanto no me dejaba oír lo que decíais”.

Había estado llorando de risa. De alivio. De pena. De lamentos. De ira. De dudas. Alternando oleadas de miedo y de esperanza. Aturdido por aquella posibilidad. A continuación, ansioso por saber más.

¿Te resulta familiar?

POR SORPRESA

Recibir cualquier diagnóstico médico puede desencadenar una oleada de emociones. “¿En serio? ¿Necesito lentes progresivas? ¿A mi edad? ”

La mayoría de los diagnósticos médicos significan malas noticias. El mes pasado, a alguien a quien quiero le dijeron que tiene una enfermedad inoperable. Un pensamiento reconfortante es que esta persona tiene 91 años y ha tenido una vida plena. Otro es que va a ser capaz de manejar el dolor. Otro es que tendremos tiempo para despedirnos.

Estamos tratando de sacar el mayor partido de estos pocos aspectos positivos.

En algún momento, todos nos enfrentamos a un diagnóstico final – no nos gusta pensar en ello, pero sabemos que llegará. Respecto al TDAH… bueno, para los adultos suele llegar por sorpresa.

LAS MUCHAS ETAPAS DEL DUELO

Según nos dijo Terry Matlen, autora de ”The Queen of Distraction su primera reacción fue de negación. Y la segunda, y la tercera…

“¡No tengo TDAH! Sólo soy perezosa. No tengo TDAH. Sólo tengo problemas. Soy diferente. Nunca me adapto; no me adaptaba de niña y no me adapto de adulta. Eso es lo que pasa”.

En nuestro nuevo vídeo ”Now You Tell Me?! Surviving the Emotional Tornado of an ADHD Diagnosis”, Terry admite que su negación era tan profunda que ni siquiera el diagnóstico de un médico le convenció.

Entonces buscó una segunda opinión. Y le dieron el mismo diagnóstico.

Así que buscó una tercera opinión. Y otra vez recibió el mismo diagnóstico. “TDAH del subtipo predominantemente inatento”.

Después de ver a un cuarto experto, Terry decidió que necesitaba ver a un quinto.

En aquel momento, con el marcador 5-0 a favor del TDAH, Terry pasó a la siguiente etapa. Lo que, en su caso, fue el alivio.

Linda Roggli, autora de “Confessions of an ADDiva”, cuenta que visitó a cuatro expertos antes de aceptar el diagnóstico. Al principio estaba desconsolada: “¿Ahora me lo dices? ¿Por qué nadie lo descubrió antes?” Y “De haberlo sabido… ”

Estaba apesadumbrada, pensando cómo podría haberse desarrollado su vida si lo hubiera sabido antes. “No tengo una segunda oportunidad”.

Ah, conozco eso. “Si lo hubiera sabido antes.” Lo cual resulta especialmente doloroso si te han dicho que deberías hacerte las pruebas y te has resistido años y años.

Para Alan Brown, de ADD Crusher, era su médico quien se resistía a la idea del TDAH. Cuando un colega de su empresa de publicidad le habló de su propio diagnóstico e instó a Alan a hacerse la prueba, el propio médico de Alan desestimó el TDAH por ser un invento de la prensa, y le aconsejó hacer más crucigramas. Alan se lamenta: “Así pasaron otros 5 años pensando, ‘Bah, es un mito creado por la prensa’”. Hasta un día, leyendo el Village Voice. En la última página había un pequeño anuncio del Grupo de Apoyo al TDAH Adulto de Manhattan, ‘Conferencia esta tarde. Médicos: los que se enteran y los que no’”.

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¿TERMINA ALGUNA VEZ EL TORNADO?

Los primeros días tras el diagnóstico son muy intensos. Tan intensos que algunas personas simplemente siguen negándolo, demasiado aterrorizadas para considerar las implicaciones, sin saber que hay esperanza – y un montón de herramientas que pueden ayudar. Menuda tragedia. Pero también…

He descubierto que incluso ahora, cuando tengo un mal día, vuelvo a estar dentro del tornado. Pero ya no es una tormenta de Categoría 5. Puede deshincharme las velas, pero no consigue aplastarme.

¿Cuál es la manera más rápida de salir de la tormenta? Sentirla completamente.

Entender que es así como me siento en este momento. Y recordarme a mí mismo que esto también pasará (aunque nunca tan pronto como me gustaría).

Por esto hemos creado “Surviving the Emotional Tornado”. Porque recibir un diagnóstico de TDAH puede parecer el fin del mundo pero, como explican los expertos, ese sentimiento es completamente normal. Es parte del proceso.

Expertos como Alan, Linda y Terry, junto con los Dres.  Edward Hallowell y John Ratey – coautores de  “Driven to Distraction” – y otros, son como un Equipo de Ayuda para Desastres, que te guía a través del tornado, lo más rápido posible, con los mínimos ‘daños por la tormenta’.

Es un don ser capaz de identificar las emociones perturbadoras y destructivas, poder reconocerlas y seguir adelante. Ser capaz de evitar o neutralizar los factores desencadenantes que pueden sabotear nuestro progreso y hacernos caer de nuevo en picado… es algo grande.

Como ya he dicho, incluso ahora, quince años después de mi diagnóstico, puedo volver a caer aún en esos sentimientos de pesar o tristeza. Así que hacer este vídeo me ha ayudado una y otra vez.

Hay sabios consejos que me permiten perdonarme – y perdonar a otros – por no “haberlo reconocido hace tiempo”.

Ahora no es como entonces. Ahora que tengo el diagnóstico, tengo una explicación con la que trabajar. Antes, nadie sabía qué “pasaba” conmigo. Ahora me doy cuenta de que no se trata de defectos de mi carácter sino, como señala el Dr. Ari Tuckman, “Bueno, esto es un trastorno o debilidad del procesamiento de información con base neurológica. Y un montón de gente muy inteligente ha hallado muy buenas ideas, tratamientos y estrategias de concentración que ayudan a otras personas con este trastorno. ¡Y si ayudan a otros, tal vez me ayuden a mí también!”

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Piensa antes de ponerle “dis” a un niño con Déficit de Atención

mom is the word

Hay términos que describen los desafíos que ha de afrontar mi hija, que tiene TDAH. ¿Y por qué no hay algún término guay para “artista creativa”, “niña muy intuitiva” o todas sus otras cualidades?

Jennifer Gay Summers

Del blog Mom Is the Word escrito por Jennifer Gay Summers
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

ADDitude

“¡Mamá! ¡Necesito otro lápiz!” Lee se dejó caer en su silla de la cocina, mientras sus mejillas enrojecían de furia. Arrojó dos lápices rotos al suelo y de una patada los lanzó fuera de la cocina. Le traje un lápiz afilado y puse mi mano sobre su hombro.

“No seas tan dura contigo misma”.

“Es que odio hacer trabajos escritos”.

“Claro. Tienes disgrafía. Por eso te resulta difícil escribir”.

“¿Otra “dis”?” Lee luchaba por contener las lágrimas, mientras empezaba a escribir, rasgando la hoja con el lápiz. “¡Estoy aburrida y harta de tanta “dis”! ¿Cuántas más tengo?”

La rodeé con mis brazos y la abracé. Al tratar de explicarle sus dificultades, había pisoteado su autoestima. ¡Bravo, mamá!

Cuando los padres escuchamos por primera vez la palabra TDAH, es probable que sólo sea el principio. El médico nos dice que puede haber “trastornos comórbidos” junto con el TDAH. Al oír la palabra comórbido, me viene la imagen de alguien llevado en camilla al depósito de cadáveres. Entre los posibles trastornos comórbidos están el trastorno de procesamiento sensorial, el trastorno oposicionista desafiante y los trastornos del aprendizaje como dislexia, discalculia y disgrafía. Hay muchísimas “dis”.

Las busqué en el diccionario, tratando de diagnosticar la raíz de estos temibles términos. Descubrí que la raíz latina de “disfunción” indica “mal” o “estropeado”. La palabra “déficit” significa “menos de lo normal” y trastorno viene de “funcionar al revés”. Demasiada carga negativa para echar sobre vuestro hijo.

Mi objetivo era ver a Lee sin esas “dis” y centrarme en sus fortalezas y habilidades. Siempre acentúo lo positivo y alabo sus dones. ¿Por qué no hay un término para designar al artista creativo, al de corazón generoso, a la niña profundamente intuitiva?

Sé que no se pueden cambiar esos términos. Los médicos, psicólogos y neurólogos los necesitan y los utilizan para el diagnóstico y tratamiento. Los padres necesitan palabras positivas, de esperanza y de cariño, cuando su hijo se encuentra en problemas. Hubiera sido mejor decirle a Lee: “Veo que lo pasas mal cuando tienes que escribir. Vamos a aplicar las medidas de adaptación para hacer los deberes en el ordenador. Puedes dictarme a mí el trabajo”.

Lee tendrá que encontrar explicaciones para sus desafíos conforme avance en su camino hacia la edad adulta. Necesitará conocerlos para hallar herramientas con las que hacerles frente. Pero cuando tienes una hija adolescente con TDAH hipersensible a la crítica o el rechazo, que trata de encontrar su identidad cuando empieza a ir al Instituto, no hace falta ponerle todas sus “dis” alineadas frente a ella.

 

 

 

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Cómo diagnostican el TDAH los expertos

laura flynn mccarthy

Escrito por Laura Flynn McCarthy
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

ADDitude

Al hacer un diagnóstico de trastorno de déficit de atención, lo primero que el médico querrá determinar es si tú o tu hijo tenéis los síntomas de TDAH enumerados en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales-IV (DSM-IV).

“El DSM-IV sigue siendo la base del diagnóstico, pero la mayoría de los médicos van más allá en sus evaluaciones”, dice el Dr. Hallowell. Además de analizar estos criterios, los médicos llevarán a cabo una entrevista clínica minuciosa, utilizando una escala de calificación de TDAH estandarizada. A menudo se realiza también una prueba de cribado para descartar trastornos coexistentes comunes en las personas con TDAH – trastornos del aprendizaje, ansiedad y trastornos del estado de ánimo.

Los síntomas enumerados en el DSM-IV se revisan periódicamente. De acuerdo con las últimas directrices del DSM-IV, para ser diagnosticado de TDAH, el paciente debe haber mostrado al menos seis de los nueve síntomas de falta de atención y/o hiperactividad/impulsividad antes de los siete años de edad. Además, estos síntomas deben afectar a la actividad de la persona en más de un ámbito – el hogar, la escuela o el trabajo.

No todos los médicos suscriben estos criterios. Muchos profesionales señalan que algunos pacientes tienen síntomas de TDAH que no se reconocen hasta más adelante, particularmente los niños muy brillantes o con un TDAH tipo inatento.

Diagnosticar a un adulto es más complicado que hacerlo con un niño. “Los criterios del DSM-IV se basan únicamente en la investigación con niños de entre cuatro y diecisiete años”, dice el Dr. Thomas E. Brown, profesor clínico adjunto de Psiquiatría en la Facultad de Medicina de la Universidad de Yale y Director Adjunto de la Clínica Yale de la Atención y Trastornos Relacionados. “En consecuencia, la mayoría de los médicos modifican los criterios relativos a la edad de inicio – estudios recientes han demostrado que, en algunas personas, los síntomas no aparecen hasta la adolescencia, cuando hay mayores retos de autonomía personal – y al número de síntomas. Los médicos diagnostican a menudo a adultos que tienen solo cuatro o cinco síntomas, no siete u ocho, si muestran una discapacidad significativa”.

Así como algunos médicos utilizan programas informáticos – como test de rendimiento continuado (CPT) – para revisar problemas de atención e impulsividad, o encefalogramas como la tomografía computarizada de emisión monofotónica (SPECT) para buscar anomalías en el cerebro, la prueba más fiable para un diagnóstico positivo, según la mayoría de expertos, es la historia del paciente.

 

 

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La elección de profesionales del TDAH para tratar a vuestro hijo

Trabajar con médicos en los que confiáis puede ayudaros a ganar seguridad como padres. He aquí cómo encontrar el mejor equipo para tratar el TDAH de vuestra hija.

ADDitude

Escrito por Perri KlassEileen Costello
Traducido por la Dra. Elena Díaz de Guereñu
Texto original en inglés

perri klass   Dr_Eileen_Costello

Elegir rumbo

Haced las siguientes preguntas al pensar en posibles terapias y terapeutas:

• ¿La terapia se dirige a los problemas que afectan a mi hijo? Tened en cuenta lo que estáis buscando. ¿Qué capacidades queréis que adquiera?, o ¿qué conductas os gustaría que disminuyeran?

¿Cómo sabremos si funciona? Haced esta pregunta en la evaluación inicial. ¿Cómo decide el terapeuta? ¿Qué evaluaciones hace al principio y con qué frecuencia las repite?

¿Y si no funciona? ¿Podéis confiar en que el terapeuta os hará saber si cree que el programa no funciona o si no encaja con vuestra hija?

¿Qué compromiso se exige? ¿Existe riesgo al detener el programa de golpe, si no es eficaz? Si es una terapia de grupo, ¿qué importancia tiene que vuestro hijo la siga todo el semestre o el año? ¿Cómo afectaría a los demás niños del grupo si no lo hiciera?

¿Cuánto durará?

¿Tiene nuestro hijo la edad adecuada? Hay evidencias que indican que, cuanto menor es la edad en que se empiezan a tratar los comportamientos problemáticos, mejor se progresará.

Hace tiempo, la mayoría de los niños diferentes no eran encuadrados en categorías diagnósticas formales como el Trastorno por Déficit de Atención (TDA-H). Les llamaban excéntricos o extraños, les seguían la corriente como bichos raros, les mimaban como pequeños genios o les marginaban como inadaptados.

Todos recordamos niñas así de cuando íbamos a la escuela; es probable que no recibieran ningún tratamiento, que no tomaran medicación, no buscaran terapia para el TDAH ni se les asignara ningún término psicológico en su travesía por la infancia.

Mirad ahora esas mismas aulas y patios: veréis una diversidad de diagnósticos: TDA, diversos problemas de aprendizaje, Disfunciones de Integración Sensorial (DIS), Trastorno Negativista Desafiante (TND)…

La infancia se ha convertido en una sopa de letras. Si un niño no se comporta normalmente, es probable que sea sometido a pruebas intensivas que conduzcan a un diagnóstico, a una confirmación de ese diagnóstico y, a continuación, a un programa terapéutico individual, con intervenciones en el hogar y posiblemente medicación. Está bien que las cosas sean así. Ya no damos por supuesto que a los niños que pasan dificultades se les deba dejar que salgan adelante solos.

Pero para los padres de estas niñas – esto es, vosotros – el mundo actual ofrece sus propias dificultades. En un mundo perfecto, confiaríais en un equipo erudito y sensible de expertos que recibiría a vuestra hija sin ideas preconcebidas y se tomaría su tiempo para llegar a conocerla. Sus recomendaciones serían realistas y prácticas, y las consultas de evaluación y seguimiento estarían totalmente cubiertas por vuestro seguro.

Lo sentimos, pero no tenemos ningún mapa de ese mundo. Como quizá hayáis descubierto, con tantos diagnósticos entre los que decidir, y con una lista mareante de especialistas para tomar esa decisión, los padres de niños diferentes pueden perder tiempo, dinero y horas de sueño y, al final, no saber más que antes; y quizá tener menos confianza en su propio instinto.

Bien, puede que no tengamos mapa, pero nuestro objetivo es ayudaros a obtener la mayor parte, si no la totalidad, de lo que necesitáis para reunir a vuestro equipo de expertos. Ya estéis todavía buscando un diagnóstico que tenga sentido para vosotros o ya estéis metidos en el tratamiento, los siguientes consejos os ayudarán a tomar decisiones informadas sobre profesionales para vuestra hija.

El punto de partida

Los padres suelen comenzar con el médico de Atención Primaria de su hijo, pediatra, médico de familia o enfermera de Atención Primaria. Algunos pediatras tienen formación adicional en comportamiento y desarrollo, y muchos otros tienen especial interés en el tema. Pero todos los pediatras pasan mucho tiempo viendo bebés y niños y tienen una cierta idea de lo que entra dentro de lo normal y de las variantes que están en los márgenes de la normalidad.

Si le habéis transmitido vuestra preocupación a la pediatra y ésta, tras escucharos con atención, entrevistar a vuestro hijo y examinarle, no ha encontrado motivo de alarma, podéis estar tranquilos. No es ningún certificado, por supuesto, pero es probable que lo que veis entre en la categoría de “estar pasando por una fase”. Puede ser difícil juzgar si la conducta de oposición y los berrinches de un niño de dos años se salen de lo normal, especialmente si ese niño de dos años es vuestro primer hijo.

Si confiáis en vuestro médico, podéis dejar las cosas así, al menos durante unos meses. Probablemente no hay ninguna prueba que haya que hacer con urgencia para obtener una respuesta esencial. (Obviamente, no estamos hablando de diagnosticar sordera, autismo clásico o convulsiones; es importante que los niños con problemas psiquiátricos o médicos severos sean diagnosticados y tratados lo antes posible).

Pero si estáis realmente preocupados por el desarrollo de vuestra hija, comunicádselo a la pediatra. Miradle a los ojos, decidle que estáis preocupados y por qué exactamente. Luego fijad una cita para hablar específicamente de vuestra preocupación. No tratéis de explicársela durante, digamos, una consulta por una molesta infección de oído.

Vuestra preocupación debe impulsar al pediatra a realizar algún tipo de evaluación sistemática del desarrollo, no sólo “echar una ojeada” a vuestro hijo. Si no os sentís escuchados, solicitad una segunda opinión. La mayoría de los pediatras estará abierta a derivar al niño a un colega especializado en comportamiento y desarrollo, si estáis de veras preocupados.

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